México, la democracia agoniza

by • diciembre 13, 2017 • clase política, cultura de México, Democracia, desgobierno, Justicia, Legalidad, libertad de prensa, política mexicanaComments (0)113

 

Es un pequeño artilugio parecido a un pin, como esos con que se suelen adornar las solapas de los sacos, hecho para colocarse entre los dedos anular y medio y utilizarlos para pinchar con una delgada y afilada aguja que le sobresale, causando una herida dolorosa pero no mortal. Estos instrumentos están adornados con figuras y colores, la mayoría tienen tres franjas en los matices verde, blanco y rojo; otros son verdes, con la figura de un ave tropical; tampoco faltaban unos cuantos, de color azul y otros amarillos.

Sus portadores cruzan miradas de complicidad entre sí. Se ven contentos, están a punto de realizar un acto de cruel sadismo, pero es necesario, piensan. “Debemos hacerlo para conservarnos en la cúpula, aunque el daño caiga en los débiles, en los ingenuos que aún creen en nuestra palabra”.

Un grupo separado del anterior tiene distintos artificios. Son pequeñas gasas con un adhesivo, y también en estas se distinguen signos y colores: Unos tienen la imagen de un ave con una serpiente en el pico, preparándose para emprender el vuelo; otros son amarillos con un círculo y franjas, y también hay algunos con azul. Entre sus portadores se cruzan miradas de preocupación, saben que son menos y que es casi imposible lograr su objetivo, peros están decididos a intentarlo; algunos de ellos ven hacia atrás, en donde está otro grupo, son 48, todos luciendo el logo azul en su solapa, pero no se puede esperar muchos de ellos, ven hacía el suelo en un claro gesto de miedo e indecisión, y menos se podrá esperar, piensan, de aquellos que en un claro acto de cobardía dejaron de acudir; ellos serían los elementos necesarios para inclinar la balanza, pero no se han presentado.

Al fondo de aquel enorme recinto se encuentra un poste en el que está atada una bella mujer cubierta con una túnica de impecable blancura, siempre ha sido valiente y ha sufrido embates como el que está a punto de realizarse; sobre su cabeza hay una tablilla cruzada, en la que aparece su nombre: “Democracia”, mira hacia el frente con resignación, su nombre e imagen han sido utilizados para justificar la maldad encerrada en el corazón del hombre, pero también se han alzado con dignidad para proteger a muchos. Será otro acto, en el que, lo que ella representa, se pondrá en la balanza cuyo contrapeso es la ambición, la crueldad y la corrupción.

El acto tiene que continuar y las personas se acercan en fila hacia la mujer, algunos clavan el afilado estilete en su piel, produciéndole un hilillo de sangre que mancha la blancura de la túnica. Otros, los menos, tratan de restañar sus heridos con las gasas, en un inútil esfuerzo para evitar ese acto de degradación; si los medrosos presentes que no se atrevieron a acercarse y los cobardes que no acudieron, estuviesen ahí, se hubiera podido evitar el resultado, pero el hubiera no existe y el vestido de la mujer quedó teñido de color rosado que pintó su propia sangre; sus ojos, enmarcados en un rostro pálido y cansado, ven con tristeza a sus verdugos.

Dos hombres han atestiguado todo desde una pantalla, en una cómoda residencia; uno de ellos alto y de tez morena surcada por arrugas, viste un elegante traje verde de corte militar. El otro, de menor estatura, piel apiñonada y abundante y teñida cabellera, vestido con un elegante traje de color oscuro e impecable corte. Se ven entre ellos y sonríen, el pequeño le dice al militar: “Le dije que el partido no nos fallaría General, y así fue”. El aludido se limita a estrechar la mano de su interlocutor, y piensa: “¡Por fin estamos en el camino de tener un respaldo legal para nuestras acciones, ya dejaran de molestar los jueces y las Comisiones de Derechos Humanos y podremos actuar como debe de ser!”.

En esos momentos, en una cafetería de la universidad, dos personas conversan con seriedad. Una de ellas, es una mujer con cabello blanco y arrugas en su rostro que indican al menos seis décadas de edad, en el reflejo de sus ojos marrón brota la sabiduría de décadas de estudio y preparación, se dirige a su compañero, un hombre unos veinte años menor, con las siguientes palabras:

“Así es Tomás, si se llega a aprobar la ley, será un golpe duro para la democracia en nuestro país. Como digo a mis alumnos, la democracia no se limita a acudir a las urnas para elegir a nuestros representantes, va mucho más allá: es un fenómeno en el cual los ciudadanos y los gobernantes entremezclan diariamente su actuar, en un continuo ejercicio de rendición de cuentas y exigencia de resultados; hay democracia en la reunión de un grupo de vecinos que preparan una queja contra la autoridad por el abandono del parque de la colonia; se presenta todos los días en el ejercicio de la libertad de expresión a través de los medios, y la democracia plena sólo se puede ejercer cuando la sociedad tiene una convivencia armónica. Esa paz social sólo se puede conseguir con una política criminal que privilegie el combate al delito, por sus causas, más que por sus efectos; para esto se requiere de una policía que ejerza su función basándose en la confianza de los ciudadanos, lo que sólo se logra mediante la transparencia y la rendición de cuentas. Si el ejército toma en sus manos el control de la Seguridad Pública, no podrá existir esa relación horizontal, pues los militares no rinden cuentas ni privilegian la relación ciudadana, por el contrario, actúan verticalmente obedeciendo órdenes que se pierden en confusas cadenas de manos y ven al ciudadano como un enemigo, pues esa es su formación”.

Mientras tanto, la túnica de la mujer atada al poste, sigue tiñéndose de rojo, en la misma medida que el color de su rostro palidece por la debilidad…

Les invito a ver mis videos del análisis de los antecedentes de la Ley de Seguridad Interior y sus peligros. enhttps://www.youtube.com/channel/UCVIY16VXPjfvK5_x2Yjn7Aw

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