“¿Tú también, Bruto?”. Es la pregunta que, según la historia, expresó Julio César a su adoptado Bruto, al ser apuñalado hasta la muerte en el recinto del Senado en Roma aquel día de mediados de marzo del año 44 antes de Cristo. Siglo y medio antes, la península itálica se había visto devastada por su gran enemigo, el cartaginés Aníbal, quien durante 17 años tuvo en jaque a la gran ciudad, hasta que fue derrotado por el general Escipión, quien a los pocos años de su triunfo fue exiliado, muriendo en el destierro.

El gran pecado que cometieron esos líderes fue ser populares. El pueblo en Roma les idolatraba y esto era visto con malos ojos por los senadores, quienes recelaban ante la amenaza que un solo individuo representaba para el poder de la asamblea.

En Venezuela, el presidente Nicolás Maduro, con apoyo de un sumiso Tribunal Superior de Justicia, disolvió la Asamblea General que se oponía a sus políticas a través de los diputados de oposición y ahora ha convocado a la formación de una Asamblea Nacional Constituyente que elabore una nueva ley suprema, una elección adecuada a los intereses del presidente, que se realizará el 30 de julio, con las protestas de la oposición que teme que esta nueva organización del Estado otorgue al presidente más facultades que le hagan permanecer en el poder, en perjuicio de la democracia y la manifiesta oposición de una Fiscal General que ha presentado un recurso ante el máximo tribunal para que se anule la convocatoria.

En México se han celebrado elecciones para gobernador en tres Estados, en las noticias y redes sociales han circulado gran cantidad de imágenes y videos en donde se ven señales de alteraciones de paquetes electorales, llenados de boletas y otros actos que presentan anomalías en los procesos electorales, por lo que las elecciones han dejado más dudas que certeza.

En Coahuila y México, la diferencia en votos entre el PRI y sus opositores es un margen tan pequeño que las trapacerías que se presentaron han llevado a los líderes de los partidos a expresarse en forma dura contra las instituciones electorales, siguiendo la tónica de Andrés Manuel López Obrador, líder del diverso partido MORENA, quien manifestó en 2006: “Que se vayan al diablo las instituciones”.

En realidad, en México no se le puede ganar al PRI por decisión, debe noquearse, y si los partidos de oposición no pudieron hacerlo, no encuentro justificación que ahora se quejen de su ineficiencia.

Por el contrario, en Estados Unidos hemos visto cómo el poder del presidente Trump ha sido acotado en múltiples ocasiones: Los jueces han dado sentencias que declaran discriminatorias las órdenes ejecutivas que impiden a los ciudadanos de diversos países entrar al país; el Congreso ha modificado el proyecto de presupuesto presentado por el ejecutivo; los medios de comunicación critican continuamente la labor de la Casa Blanca; las ciudades han demostrado dignidad y autonomía, negándose a aceptar las políticas migratorias o medioambientales de la presidencia y, ahora, se ha conocido que James Comey, exdirector del FBI, hizo prevalecer a la institución y el sistema de justicia frente a los intereses personales del presidente, convirtiéndose en un problema para éste. Esto es un claro ejemplo de instituciones que funcionan y logran el objetivo para el que fueron creadas.

La conjunción de estas circunstancias me ha llevado a considerar el valor que las instituciones tienen para una efectiva democracia, el hecho de que en un gobierno existan poderes con distintas facultades y la posibilidad de servir de contrapeso entre ellos, es un elemento esencial para evitar las dictaduras que son sistemas de gobierno cuyo sustento es el poder de un individuo.

Es así que ese llamado a mandar al diablo a las instituciones que han proclamado los líderes de partidos políticos en México, me preocupa gravemente. El descontento popular con el desempeño de los gobiernos y un sistema electoral que no es apto para presentar verdaderas opciones, puede llevar al gobierno de personas y no de instituciones y Andrés Manuel López Obrador es quizá el mejor candidato para esto. En el Estado de México, la campaña de Delfina Gómez, candidata de Morena, fue siempre opacada por la presencia del líder del partido; en los discursos era él quien llevaba la voz cantante y aprovechó al máximo la oportunidad para promover su figura, todo esto en una exaltación de su persona.

El temor que tenían los senadores de Roma, frente a la popularidad de ciertos líderes, se originaba en la posibilidad de que se pusiera al individuo sobre la institución y ese mismo temor me brota actualmente: Una sociedad harta de un presidencialismo que ha debilitado a las instituciones que son factores de equilibrio del poder, que ha abierto la puerta a una corrupción como muchos mexicanos no habíamos visto y la presencia de un líder mesiánico que se nutre del culto a su persona, me indican el grave riesgo de que las instituciones se vayan al diablo y surja un gobierno basado en la persona, lo que es la antesala de una dictadura.

Puedes ver el vídeo se este tema en:

https://www.youtube.com/watch?v=9LZxiyJHDZA

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