Vaya que me tiene enfrascado la lectura del libro de Luis Zueco titulado “El Castillo”, novela sobre la construcción de una de las fortalezas más significativas de la Edad Media en Europa, el Castillo de Loarre que está asentado sobre un cerro de piedra caliza, lo que representaba una gran ventaja sobre otras edificaciones defensivas, pues los muros no podían ser socavados.

Fue construida en las faldas de los Montes Pirineos en España y con vista hacia el Valle de Huesca, a principios del siglo XI, viendo hacia las tierras llanas en las que los musulmanes tenían asentados sus dominios; dos eran los objetivos de esa fortaleza: defensivo para evitar el avance de los musulmanes hacia tierras cristianas y ofensivo, pues desde ahí se podían realizar incursiones hacia tierras enemigas e ir tomando dominio sobre ellas.

Altos muros de piedra le rodean y en ellos hay torreones defensivos, de forma ovalada, pues esta es la que resiste mas los embates de los proyectiles que el enemigo arrojaba, así la cristiandad de aquella España, de hace mil años, tuvo con ese castillo, una herramienta que le permitiría, en el transcurso de los siguientes cuatro siglos, recobrar el territorio que había sido ocupado por los sarracenos.

En los comentarios del autor, refiriéndose a otra construcción similar la calificó como “castillo palaciego”, esta expresión me llevó a una serie de reflexiones por las que comprendí la diferencia entre castillo y palacio.

Así acudí al diccionario de la RAE y me encontré con las siguientes definiciones: Castillo: lugar fuerte, cercado de murallas, baluartes, fosos y otras fortificaciones y Palacio: casa suntuosa, destinada a habitación de grandes personajes o para las juntas de corporaciones elevadas.

El conocer esta diferencia me llevó a cavilar sobre lo que tenemos en México, lo que fuera la Residencia Oficial de “Los Pinos” y el “Palacio Nacional”, así que también me puse a ahondar un poco sobre el tema y encontré que:

En la Colonia se construyó el Castillo de Chapultepec que luego sería la sede de muchos gobernantes de México, incluyendo a los postrevolucionarios. Fue el presidente Lázaro Cárdenas quien decidió que era un sitio demasiado lujoso para su presidencia y decidió cambiar la residencia oficial a una propiedad, expropiada en 1917, donde había una fábrica de armamento para el ejército mexicano, y una casa estilo chalé inglés, a donde se trasladó el presidente.

Durante 83 años ese lugar fue la sede de la presidencia de la república, algo similar a Downing Street, del primer ministro inglés, El Kremlin de Moscú o las casas Blanca y Rosada de Estados Unidos de América o Argentina.

Es evidente que, durante esas ocho décadas, muchas modificaciones se hicieron a “Los Pinos”. Como ejemplo en la época de Miguel Alemán cuando se recibían continuas visitas de mandatarios extranjeros, se amplió la residencia para tener un espacio digno donde recibir a los visitantes y que hablar de las instalaciones de seguridad y funcionalidad que se fueron realizando con los años y el Estado Mayor Presidencial, encargado de la seguridad del presidente debe haber influido mucho en eso, realizando obras estratégicas para poder cumplir con su función y la operatividad de la presidencia debe haber necesitado de continuas alteraciones y cambios necesarios para lograr que la presidencia funcionara.

Así se pudiera decir que “Los Pinos” era una especie de fortaleza moderna la que durante ocho décadas fue modificada para cumplir con su función, conforme las necesidades de los tiempos lo exigían, pudiera compararse con lo que antes fuera un castillo, sin obviar que también debe haber sido una residencia lujosa.

Ahora hablemos del Palacio Nacional de México, suntuoso en extremo, veamos algunos ejemplos: El Despacho Presidencial que está adornado con muebles de estilo renacentista italiano y francés, entre los que destacan el sillón presidencial y el librero; la Sala de Recepciones, donde se encontraba el trono que ocupaba el virrey; o el Salón Morado que tiene un cuadro monumental de algún Virrey y ni hablar del candil francés de bronce dorado y cristal, estilo Primer Imperio y cuatro arbotantes con figuras de ángel en bronce; El antecomedor presidencial está tapizado en seda con motivos florales y decorado con un plafón en artesonado de cedro y encino del que pende un candil de Bacarat de 15 luces. El piso forma un mosaico de diversas maderas: caoba, cedro, naranjo y ébano. Entre los muebles que adornan este salón destacan los cristaleros tallados en madera de nogal y encino.

Esto es solo un pequeño botón de la muestra total del lujo monárquico del Palacio Nacional.

Si mi apreciado lector vive en México y esta semana pasada surtió gasolina a su coche o compro artículos en un negocio, seguramente pagó impuestos sin darse cuenta, pues nuestro sistema fiscal esconde en los precios de los productos los impuestos que nos cobra; ni que hablar si es usted causante cautivo como empleado o empresario formal que tiene que gastar parte de sus ingresos en pagar un contador que conozca el laberinto legal del sistema tributario mexicano y poder estar en paz con las autoridades fiscales.

Si los impuestos se usan para la seguridad y funcionalidad de la presidencia de mi país, no me quejo, es un mal necesario, pero que tal si estos se van a la adaptación de un palacio porque el señor presidente consideró que era más proletario vivir en una suntuosa mansión creada en la época colonial para los virreyes que en “Los Pinos” que es un lugar que durante décadas fue acondicionado para hacer funcional la presidencia.

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