La cubierta superior de aquel buque de vela, apestaba, el olor a orina y excrementos lo impregnaba todo debido a la carga que llevaba en las dos cubiertas inferiores: seres humanos encadenados en un espacio de apenas metro y medio de altura, la cadena recorría todo lo largo de la cubierta por uno y otro lado y los grilletes que se daban en espacio de apenas sesenta centímetros, apresaban los tobillos de aquella carga humana, un canal en el tablado del piso recogía las heces y la orina de aquellas personas, pero no era bastante el agua que desde cubierta superior arrojaban por los canales para arrastrar aquellos desechos y la falta de ventilación y el calor potenciaban los olores fétidos de aquel ambiente.

Los marineros en cubierta tomaban pajillas de la mano del capitán, a aquellos que les tocase la mala suerte de tomar las dos más cortas, tendrían que bajar y recoger el cadáver de uno de los prisioneros que había muerto hacía dos días y que ya despedía olores de putrefacción.

La mala suerte llegó a dos de ellos que, lanzando maldiciones a sus compañeros, bajaron y, luego de unos minutos, subieron el cadáver a la cubierta superior.

Su rostro estaba pálido, no solo por el ambiente de donde venían, sino por la impresión que les provocó la causa de muerte del individuo cuyo cuerpo cargaban:

¡Se había quitado la vida mordiendo las venas de su muñeca derecha para desangrarse!

Contrario a lo que generalmente hacían con los cadáveres de aquellos prisioneros que fallecían en el viaje, que simplemente arrojaban al mar, a este lo envolvieron en manta y pusieron dos piedras dentro para que su hundiera.

¡Les causaba admiración la valentía de aquel individuo que había preferido quitarse la vida de esa forma que sufrir la humillación de la esclavitud!

La mujer de tan solo 44 años se encontraba en la cama de aquel hospital, su vista estaba fija en el techo del cuarto, pues no podía mover su rostro, dado la parálisis que sufría en todo su cuerpo; pero su cerebro y su capacidad de comunicarse habían permanecido intactas a pesar de la enfermedad degenerativa que, en forma progresiva, le había llevado a perder las facultades motoras de su cuerpo, solo sobrevivía en forma artificial.

Su esposo, sentado en un sillón reclinable en el mismo cuarto, esperaba la respuesta final al caso legal que habían planteado para que Diane evitase el sufrimiento irreversible de su enfermedad a través de una muerte digna que el sistema de justicia británico les había negado.

Diane debido a su parálisis no podía actuar físicamente en contra de sí y por eso habían pedido a los tribunales le permitieran al marido decidir sobre su muerte a través de lo que se conoce como suicidio asistido, argumentaron que la ley inglesa que prohíbe esto violentaba los derechos a la vida, la prohibición de tortura, respeto a la vida privada y familiar, a la libertad de pensamiento, conciencia y religión y a la prohibición de discriminación.

Una alarma sacó a al señor Pretty de su letargo, los monitores señalaban que el corazón de Diane había parado, enfermeras y médicos entraron de inmediato y trataron de revivir aquel cuerpo inánime, pero fue inútil, luego de años de sufrimiento y humillación, aquella luchadora había muerto. El aletargado sistema de justicia le había negado el derecho a morir con dignidad.

El 18 de diciembre de este año. La Cámara de Diputado de España acaba de aprobar lo que se conoce como suicidio asistido, es decir el que una persona que, por sus limitaciones físicas, no pueda privarse de la vida por sí misma, pueda lograr esto a través de un allegado. ¡En hora buena! solo falta la decisión de la Cámara de Senadores que, esperemos, pronto se dé.

¿Es justo que aquél que prefiere morir antes que perder su dignidad sea condenado por el juicio de quienes no sufren?

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