A esa fase lunar la llamaban Toxcatl y era uno de los festejos religiosos más importantes para los habitantes de aquella gran ciudad a la que llamaban Tenochtitlan e implicaba un ruego al Dios Tezcatlipoca o señor de las lluvias para que fuera generoso con estas; su principal ceremonia implicaba el sacrificio de un joven que personificaba a la divinidad. Pero no podía ser cualquier joven, desde un año antes se elegía aquel muchacho que por su porte y belleza fuese digno de representar a la divinidad.

Pero esta ocasión era distinta, meses antes habían llegado a la gran ciudad de los Mexicas unos extraños hombres cuya piel era clara y sus rostros estaban cubiertos de pelo, portaban armas temibles que eran capaces de provocar un trueno y sus pechos estaban cubiertos por una defensa que quebraba las armas de obsidiana.

A pesar de haber llegado a Tenochtitlan con un gran grupo de sus enemigos, los odiados tlaxcaltecas, el Huey Tlatoani Moctezuma les había dado la bienvenida y alojado en el palacio de su hermano Azayácatl y entabló una relación de amistad con el jefe de aquel grupo que llamaban Cortés y decidió ir a vivir con los extranjeros, donde permaneció hasta su muerte.

Antes de las fiestas, Cortés se vio obligado a ir a Veracruz y, previo a su partida, Moctezuma le solicitó autorización para celebrar las fiestas de Toxcatl, el que le fue concedido. Cortés dejó aproximadamente 200 europeos en la capital, a mando de Pedro de Alvarado, un tipo irascible y que carecía de las dotes diplomáticas de su jefe.

Los Tlaxcaltecas que se encontraban con los iberos, recordaban con amargura las fiestas que se celebrarían, pues durante décadas muchos de sus padres e hijos habían sido sacrificados a los dioses mexicas y aprovecharon la ocasión para atemorizar a los iberos diciéndoles que los technocas tenían planeado sacrificarlos y comerlos en el ritual; estas sospechas se vieron acentuadas cuando los habitantes de la gran ciudad dejaron de proporcionarles alimentos y servicios de servidumbre.

Llegado el día de la fiesta y mientras esta se celebraba, Pedro de Alvarado aprestó tropas en las entradas a la plaza y a su orden empezó la matanza de los que ahí se encontraban, la mayor parte de ellos desarmados, pero los mexicas lograron imponerse e hicieron que los iberos y sus aliados se refugiaran en el Palacio de Azayacztl y luego procedieron a sacrificar a los prisioneros extranjeros en el altar del templo Mayor, arrojando sus cuerpos descuartizados por las escalinatas donde caían sobre el relieve de un águila.

Los hispanos y sus aliados tlaxcaltecas duraron semanas sitiados en el palacio, hasta que Cortés volvió y pudieron salir luego de una cruenta lucha que dio lugar al evento que se conoce como “La Noche Triste” y de la cual hemos comentado en otra ocasión.

Hace unos días, los antropólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, en el centro de ciudad México y frente a las ruinas del Templo Mayor, han descubierto un bajo relieve cuyos tallos representan un águila, su rostro y pico son claramente identificables y sus plumas tienen forma de cuchillas de obsidiana, por lo que, al decir de los conocedores del INAH, esta ave de presa tenía relación estrecha con la guerra y el sacrificio, al tiempo que era considerada como un nahual del sol y, por ende, también de su dios tutelar, Huitzilopochtli.

Pero lo que me parece muy significativo es que sobre esa escultura se derramó sangre indígena y española, en un simbolismo de lo que vendría a suceder con el paso de las centurias, la formación de una nueva civilización nacida de la fusión de dos culturas que vinieron a forjar lo que ahora somos quienes hemos nacido en esta bendita América Latina que sufre y se levanta y que algún día será ejemplo al mundo de una sociedad pacífica, unida y creativa.

Bienvenido sea el descubrimiento del “Águila de obsidiana” que representa nuestro hermoso mestizaje, forjado en un crisol de sangre y fuego.

Cortesía de la imagen: INAH México

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