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Había venido un poco de calma al infierno que se había desatado en la gran Tenochtitlan, por algún motivo los extranjeros dejaron de utilizar sus tubos de humo que lanzaban piedras grandes y pequeñas y que destrozaban los muros defensivos y las casas, ese descanso era poca cosa, pero era algo; la enfermedad que habían traído los teules atacaba a los habitantes y morían por centenares al Emperador Cuitlahuac le había dado muerte en medio de terribles sufrimientos llenando su cuerpo de pústulas rojas que luego se convertían en ampollas que reventaban y esparcían el infecto liquido del cuerpo que envenenaba a otros y les causaba semejante muerte. Pero esa calma les daba un respiro de los ataques que habían sufrido, las casas de madera que habían construido sus enemigos y que se movían alrededor de la isla, no se acercaban por temor a los proyectiles que ellos, los mexicas, lanzaban y solo lo hacían cuando se protegían con sus tubos de humo, pero algo les impedía usarlos.

Así comentaba el líder Cuauhtémoc ante su consejo de ancianos y guerreros, pero estos no tenían idea de que sucedía y nada podían aconsejar, salvo seguir haciendo lo mismo, salir en pequeñas canoas y acercarse subrepticiamente a las casa de madera que flotaban y lanza ataques relámpagos para de inmediato volver a Tenochtitlan y en las noches clavar estacas bajo el agua para que las casas de madera se destrozasen en ellas y salir a buscar, con los pocos aliados que les quedaban en tierra firme, alimentos para seguir sosteniendo esa precaria defensa de lo que había sido hasta unas pocas lunas atrás el imperio más grande de la tierra conocida, el imperio de los Aztecas.

Otra reunión se realizaba en Tlatelolco aquí eran Hernando Cortés, Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Cristóbal de Olid y otros españoles que se veían preocupados ante la declaración tajante del primero –no tenemos pólvora y la necesitamos para acabar pronto con este sitio, debemos conquistar la ciudad lo más pronto posible, ustedes conocen que Velázquez, el gobernador de Cuba, tiene gente en la corte hablando en contra nuestra y pretende adjudicarse la empresa de conquista que tanto trabajo nos ha costado-.

-No podemos abastecernos de pólvora en Cuba, pues cualquiera de nosotros o quien enviemos será inmediatamente detenido y si pretendiéramos obtenerla de España serían muchos meses los que tardaríamos en tenerla aquí y no contamos con ese tiempo, comentó Cristóbal de Olid-.

-Los artilleros Mesa y Juan de Catalán, están seguros de poder fabricarla, aquí tenemos suficiente salitre y carbón, pero no hemos encontrado ningún yacimiento de donde podamos obtener el sulfuro-, refería Cortes.

-Hay una forma de obtenerlo-, mencionó Pedro de Alvarado –todos sabemos que en Nápoles, Sicilia y otras regiones en donde hay volcanes, abunda el sulfuro y en estas tierras también los hay el más cercano es el que los nativos llaman Popocatepetl o montaña que escupe humo y es casi seguro que ahí podremos obtener lo que necesitamos, aunque está lejos y es muy alto quizá más de una legua habría que escalar para llegar a su cumbre, pero el esfuerzo bien valdrá la pena si obtenemos el sulfuro y podemos elaborar nuestra propia pólvora sin necesidad de recurrir a la que nos llega de España-.

-Busquemos el sulfuro en la montaña-, decidieron todos. -Que vayan los artilleros Mesa y Catalán, acompañados de Luis Marín que viene de Asturias y conoce de la vida en la montaña y que se hagan acompañar de guerreros Tlaxcaltecas suficientes para protegerles de los ataques de las tribus de la región y les ayuden a cargar el azufre necesario para nuestra empresa-, ordenó Cortes.

Fue así como se inició una de las aventuras de trascendencia en la conquista de México que poco se conoce, los españoles y sus acompañantes tlaxcaltecas que subieron hasta el cráter del volcán deben haber sido hombres de una valentía a toda prueba, luego de subir esa gran montaña de más de cinco mil metros de altura, pasando por las nieves y glaciares, para luego trepar por empinadas cuestas de tierra y piedra volcánicas sueltas, y que se venían abajo a cada exhalación del volcán, han de haber llegado a la cima y al asomarse a la boca de la montaña y al escuchar su rugido y ver las fumarolas y la lava roja de la que salían llamaradas, han de haber pensado que se encontraban en la misma entrada al infierno, pero había un aliciente para continuar, en las paredes de la abertura se observaban filones amarillos que denotaban la existencia del azufre que les urgía para concluir la toma de la gran ciudad de los mexicas.

Uno de ellos se ató una cuerda a la cintura y con ayuda de sus compañeros penetró en el cráter varias veces a una profundidad de hasta ciento cuarenta metros y recolectó suficiente azufre para fabricar el explosivo que daba vida a sus culebrinas y arcabuces, lo que permitió acelerar la conquista de México-Tenochtitlan y consumar con esto una de las campañas bélicas más importantes de la historia.

La historia es ficticia pero se encuentra sustentada en hechos reales, pues aunque el azufre es solo un porcentaje cercano a un décimo de los elementos que componen la pólvora, es indispensable para fabricarla, lo que conocían claramente los españoles. También es conocida la competencia que surgió por atribuirse la conquista de los nuevos territorios entre Cortes y Diego de Velázquez el gobernador de Cuba y las intrigas palaciegas que esto provocó.

La escases de pólvora la relata el cronista Bernal Diaz del Castillo quien menciona que luego que fueron arrojados de la capital Azteca: “Cortés nos dijo, que pues éramos pocos, que no quedamos sino cuatrocientos cuarenta con veinte caballos y doce ballesteros y siete escopeteros, y no teníamos pólvora, y todos heridos, cojos y mancos, que mirásemos muy bien cómo Nuestro Señor Jesucristo fue servido de escaparnos con las vidas, por cual siempre le hemos de dar muchas gracias y loores.”

Sobre la expedición al Popocatepetl, cabe mencionar que Cortes en su cuarta carta de relación enviada al Emperador Carlos V de España, mencionaba: “Y para el azufre, ya a vuestra majestad he hecho mención de una sierra que está en esta provincia, que sale mucho humo; y de allí, entrando un español setenta o ochenta brazas, atado a la boca abajo. se ha sacado con que hasta ahora nos habemos sostenido.”

Es esta una de tantas historias y muestras de arrojo de hombres de dos civilizaciones que lucharon entre ellas hasta llegar a la fusión de una raza fuerte y digna que en un futuro no muy lejano será ejemplo de progreso y armonía para el resto del mundo.

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