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En la empresa se celebraba el festejo previo a la navidad, que en México se conoce como “Posada” y se estaban rifando entre los presentes diversos regalos, le tocó en suerte ganarse un hornillo eléctrico que le venía al dedillo, pues a menos de un año de casada ella y su marido carecían aún de muchas cosas para su hogar y hubo algo más, a cada uno de los asistentes se le regaló una pierna de puerco para que hiciesen la cena de navidad.

Llegó con sus nuevas pertenencias al pequeño departamento que habitaba con su esposo y poco tiempo después llegó su marido, joven médico que estaba haciendo su residencia para especialidad, lo que le exigía esfuerzos fuera de lo común, turnos de más de treinta y seis horas de trabajo, pocos descansos, necesidad de estudiar para prepararse para los exámenes que rutinariamente tenía que presentar o para impartir clase a los residentes noveles.

Esta residencia la realizaba en un hospital especializado en niños, que por la cualidad de sus pacientes tenía una fuerte afluencia de los padres o allegados a los pequeños pacientes de la institución quienes eran personas generalmente de bajos recursos económicos que llegaban a la ciudad con sus hijos enfermos y carecían de medios necesarios para sostener su estancia, por lo que debían de conformarse con pernoctar en los limitados albergues que proporcionaba el hospital y en muchas ocasiones, ante el sobrecupo de estos, en la calle.

En la víspera de navidad, la joven pareja se dedicó a cocinar la pierna de cerdo, buscaron recetas en internet hasta que encontraron una que les gustó “al tamarindo”, prepararon también otros platillos como espagueti y pastelillos, improvisando, pues ante la falta de batidora la masa de los pastelillos la elaboraron utilizando un taladro y una paleta, lo que les dio tan buen resultado como si hubiesen utilizado la batidora profesional de un chef.

Concluyeron sus labores culinarias y vieron que la cantidad de comida era sobrada para sus necesidades y tomaron una decisión, guardar lo necesario para ellos y llevar el resto al hospital para repartirlo entre los padres de los niños que están afuera del hospital o en los albergues, o en su caso con los médicos residentes de primer nivel, que les tocó turno esa noche, a quienes se les daba una comida francamente deplorable.

Con esta decisión fueron a comprar platillos y cubiertos desechables y esto junto a la comida lo trasladaron en la caja que suelen utilizaron para guardar la ropa y caminaron hasta la estación del metro, y ya en este viajaron en el tumulto por más de cuarenta minutos hasta llegar al hospital , en donde empezaron a repartir los platillos entre los padres y parientes de los niños que pasaban la noche de navidad fuera de la clínica. La primer persona que abrió su recipiente expreso su sorpresa con un ¡woooow!

Más tarde ya en su departamento hablaron con sus parientes para desearles felices fiestas y uno de ellos le comento a la joven –hicieron algo muy cristiano- a lo que la joven le contestó ¿por qué cristiano?, cuando lo hicimos nunca pensamos en Cristo o algún otro líder religioso.

Encuentro mucha razón en lo que dijo la joven ¿que acaso el altruismo o la filantropía tienen patente en alguna creencia religiosa? por el contrario son valores tan universales que están por arriba de cualquier creencia, sea hindú, cristiana, mahometana y aún más, esos valores deben ser promovidos por todas las organizaciones humanas, iniciando por la familiar.

Lo anterior me traslada a otra reflexión, hace unos días en una reunión de amigos, uno de ellos comentaba que él es un Grinch para la navidad (refiriéndose a ese personaje que a raíz de un libro escrito por Theodor Seuss en 1957, la tradición ha creado como el enemigo de la navidad y las fiestas que esta conlleva), a lo que otro le preguntó ¿Cuándo eras niño, tenías primos ricos? Aquel riéndose por la broma le contestó –adivinaste-. Creo que ese momento demostró la mala evolución que ha tenido la idea de la navidad, que se ve como esa época de consumismo y de competencia en ver quien es más querido o más capaz económicamente por el valor del regalo que recibe o que da, pervirtiéndose la idea original.

La navidad brota en nuestra cultura cristiana como la celebración de una fecha que es trascendental para todas las religiones que se basan en la tradición judeo-cristiana, pues en ella se pretende celebrar el nacimiento del líder que vino a traer una forma de pensar sobre la vida espiritual del hombre y que por consecuencia debe ser celebrada como un momento especial en la historia de esa religión.

Así, no nos debe de extrañar que otras religiones celebren el nacimiento o la muerte de sus líderes como sucede con Buda o Mahoma, pues para quienes siguen esas corrientes doctrinarias que sobre su propia espiritualidad tienen, como cualquier cristiano, gozan del derecho a festejar el momento crucial de su religión.

Lo contrario sería tanto como si los mexicanos nos molestáramos porque los norteamericanos celebrasen el nacimiento de George Washington o Abraham Lincoln, que los ingleses festejen el cumpleaños de la reina, o que ellos se molestasen porque festejamos el nacimiento de Benito Juárez.

Es por eso que considero que así como el mercantilismo ha pervertido la navidad, la intolerancia ha destrozado la convivencia entre los seres humanos por diferencias en lo periférico como ¿Quién fue nuestro líder?, sin considerar que lo esencial es la trascendencia de nuestro espíritu y los valores que desarrollamos en nuestras vidas privada y social, para nuestro propio crecimiento espiritual y el de quienes nos rodean.

Sobre la base de lo anterior, pregunto a mi estimado lector ¿Quién ganó más el hijo del hombre rico que recibió un regalo de alto costo económico o la pareja que compartió su cena con los padres del hospital? O ¿quién se enriquece más, el que ve en el ser humano a su semejante porque ambos comparten una vida espiritual o el que le desprecia porque tiene otro líder?

No me cabe duda: el altruismo, la bonhomía y lo filantrópico, son valores que superan cualquier diferencia pues nos pertenecen a todos los seres humanos independientemente de nuestra creencia, sexo o color; mi mejor deseo para que el año que inicia y el resto de sus vidas se enriquezcan con esos tesoros que, además, son gratis.

Les hago una atenta invitación a visitar cada martes el periódico Vívelo Hoy de la ciudad de Chicago, así como mi sitio web cuya dirección encontraran al final de este artículo y en el podrán hallar un vínculo a las grabaciones de los comentarios de un servidor en las charlas en que participamos todos los lunes en la mañana a través de Radio Claret América.

Igualmente les recuerdo que sus comentarios son bienvenidos en mi correo electrónico mullerod@hotmail.com

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