Le habían enviado a realizar diligencias judiciales al pueblo de San Onofre, era estudiante de segundo año de carrera y lo hacía con el entusiasmo de quien empieza a labrarse un camino y tiene el brío de la juventud.

El camino no fue fácil, poco más de media hora fue por carretera, pero luego vinieron cerca de cuatro horas de traqueteo en un camino de terracería accidentado y lleno de baches y el camión en que viajaba no ayudaba pues los asientos eran de lámina con un relleno que parecía untado.

Llegó a la población antes del mediodía y el juez del lugar, un hombre mayor sin estudios formales, pero con buena disposición le acompañó a realizar la diligencia y pocas horas después estaba libre y sin nada que hacer más que esperar que pasara aquel camión que le llevaría de regreso en su constante función de batidora de seres humanos.

Solo había un lugar donde esperar al camión, la tienda de abarrotes del pueblo, así que se compró un refresco y se sentó en una de las dos bancas que estaban en el exterior. Varios señores ya mayores se encontraban ahí tomando el sol del atardecer y la plática no se hizo esperar, versó sobre el “Chato” Nevárez, uno de los ancianos le comentó:

  • Ve aquella sierra, refiriéndose a un grupo de montañas que parecían difuminarse en el horizonte, – Ahí está la cueva del “Chato” Nevárez, afirmó el señor.

El joven confesó su ignorancia sobre la persona del “Chato” Nevárez y los ancianos le hicieron bromas, pero estas no fueron muchas, aquel que había sacado el tema a conversación le explicó que se trataba de un bandido que asaltaba las conductas de carruajes y carretas que iban y venían a las montañas de la Sierra de Chihuahua, las que subían llevaban víveres, enseres de minería y, en ocasiones, productos elaborados como vajillas desde barro hasta plata y las que bajaban venían cargadas del oro y plata que se extraía de la minas, principalmente Batopilas y Cusihuriachi.

Se cuenta que el “Chato” Nevárez nació en aquellas tierras y de joven fue rebelde y hábil para pelear, montar, las armas y el manejo de toros, muy aficionado a esto último.

Llegó a formar una gavilla con la que asaltaba las conductas que iban y venían de la sierra y, como aquel es terreno muy montañoso, en diversas cadenas tenían cuevas o lugares donde escondían el fruto de sus fechorías.

Se habla del “Chato” Nevárez como de una especie de Robin Hood, que ayudaba a los pobres y Manuel Romero, en su relato sobre este personaje menciona que, en las épocas de sequía, cuando la semilla escaseaba, el “Chato” se presentaba en los pueblos repartiendo costales de simiente y alimentos.

Las versiones sobre la muerte de este personaje son variadas, se menciona que las tropas del Supremo Gobierno, conociendo la afición del ladrón a lidiar bestias bravas y su gusto por lucirse en ese difícil arte, organizaron una corrida de toros en San Nicolás de Carretas, una de las poblaciones más antiguas de la región, que contaba con una plaza bien puesta para ese efecto, todo esto con un gran sigilo y en acuerdo con las autoridades del lugar.

El día de la corrida, las tropas permanecían escondidas, temerosas pues la fama del asaltante de caminos no carecía de sustento y esperaban que apareciera en la plaza.

Pasaron las primeras horas y la algarabía de la plaza denotaba que todo transcurría dentro de lo normal en aquella denominada “fiesta brava”, pero en un momento se hizo el silencio y la multitud empezó a gritar ¡”Chato”. “Chato”, “Chato”¡

El comandante de la tropa supo que había llegado el momento, y rodearon la plaza, sometiendo a quienes se encontraban afuera y amenazándolos para que no dieran la voz de alarma, entraron al ruedo y ante el abucheo de los asistentes aprehendieron al bandido y lo llevaron a las afueras para fusilarlo en el acto.

Algunas versiones cuentan que antes que lo fusilaran, el “Chato”” pidió como último deseo que le dejaran torear y el comandante de las tropas del gobierno, aceptó; el bandolero entró al coso y reto al toro con el capote y cuando la bestia embistió con el testuz bajo, preparado para levantar la cabeza y ensartar con sus afilados cuernos a quien le retaba, “El “Chato”” arrojo el capote y presentó el pecho a las armas del toro, muriendo por la herida.

Aquel señor había iniciado su vida laboral desde muy joven y solía recorrer los pueblos con una recua de acémilas en las que cargaba su mercancía y la vendía de pueblo en pueblo, en donde esperaban su llegada con ansia para conocer las novedades como telas, hilos, ollas y más artículos que luego cambiaban por dinero o trocaban con animales o semillas y así cuando aquel comerciante se acercaba a alguna población, de inmediato se corría la voz: “Ahí viene el barillero” decían y de inmediato se juntaban para ser los primeros en conocer las mercancías que llegaban.

Con el tiempo, nuestro amigo comerciante dejó aquella vida y se instaló en una ciudad abriendo su tienda, en donde continúo teniendo el éxito que es propio del esfuerzo y la constancia.

Décadas habían pasado de sus días de barillero, cuando en su negocio se presentó un hombre, en cuya apariencia se notaba una precaria situación económica, pidiendo hablar con él, de inmediato le reconoció: era un amigo de aquellos días de errancia, quien le explicó que su esposa se había puesto grave y no tenía dinero para pagar el hospital; el comerciante le prestó dinero, en recuerdo de los viejos tiempos y sin esperanza de recuperarlo, a pesar de las promesas de su amigo de que le pagaría, pues tenía forma de hacerse de mucho dinero, había afirmado.

Muchos meses pasaron luego de aquel incidente, nuestro amigo el comerciante lo había olvidado cuando una mañana volvió a aparecer en su tienda el señor aquel, cargando con un costal de yute que se veía pesado, le pidió que hablaran a solas y, una vez fuera de miradas indiscretas, el sujeto sacó del costal una charola de plata labrada y un pequeño saco de cuero que contenía monedas del mismo metal y le dijo que con eso quedaba saldada la deuda que con el tenía, y le propuso se le asociase en una aventura.

  • Esto lo he sacado de la cueva del “Chato” Nevárez y hay mucho más, es una fortuna, ven conmigo y ayúdame a conseguir equipo, te volverás millonario- le dijo.

El comerciante, hombre práctico que no creía en derroteros ni tesoros ocultos, le agradeció su oferta, rechazándola.

Se acuerdan del joven estudiante que había ido a realizar diligencias a San Onofre. Días después de que lo viejos del pueblo le habían hecho conocer la leyenda del “Chato” Nevárez, le comentó a un amigo esa anécdota y este le platicó la del comerciante al que le habían pagado una deuda y lo llevó a su casa.

Tuvo que subirse a una silla para bajar de un cristalero del comedor un objeto, era una charola labrada cuya base era del grueso de un dedo meñique y con cuarenta centímetros de largo y unos veinte de ancho, toda ella finamente labrada.

  • Esta es la charola que salió de la cueva del “Chato” Nevárez, ese comerciante es mi padre, le dijo a su amigo.

Algunos partidos políticos de México fueron a la Organización de Estados Americanos (OEA) a presentar una denuncia por las elecciones recién llevadas a cabo en ese país; con pruebas de que en muchos lugares los grupos del Crimen Organizado repartieron despensas exigiendo su voto para los candidatos del partido Movimiento de Regeneración Nacional.

No es extraordinario que haya pasado eso, si en México hay multitud de grupos criminales, estos buscan acercarse a la comunidad con dádivas que les ganen su simpatía pues de esta forma saben que la población no cooperará con las fuerzas del orden, así lo hizo el “Chato” Nevárez y en su momento Pablo Escobar Gaviria o él “Chapo” Guzmán, lo fuera de lugar es que se pida apoyo para ciertos candidatos, lo que nos habla de la penetración que la criminalidad tiene dentro del gobierno y la política de México.

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