La avenida Karl Marx tiene 90 metros de ancho, supera a los Campos Elíseos de París. Muchos de los edificios son monumentales, representan la arquitectura Neoclásica Soviética, sus fachadas de piedra labrada, reflejan la intención de sus constructores de demostrar el esplendor de la lucha del proletariado.

Los denominaron los “Palacios Obreros” y la avenida que refiero, en Berlín Oriental, inició su construcción en 1952; al año siguiente, se redujeron drásticamente los salarios de los obreros y se subieron los impuestos, así como los horarios de trabajo  y las protestas de los trabajadores surgieron, fueron sofocadas por el ejercito soviético, no está claro aún cuantos muertos hubo, pero se calculan entre 55 y 124, incluyendo aquellos que fueron condenados a muerte por oponerse al Estado Soviético.

Berlín Oriental es un conglomerado impresionante de bloques habitacionales de hasta 10 pisos de altura, en donde vivían los habitantes de esa ciudad comunista, en espacios de 50 metros cuadrados por familia; pero la fachada del progreso socialista en la Avenida Karl Marx, era otra la realidad; aunque en esos bonitos y amplios edificios, no habitaba la clase obrera, sino la clase dominante del Partido Comunista.

En el receso varios compañeros nos sentamos a la sombra de un frondoso árbol aquel agosto de 1970, uno de ellos empezó a hablar en un tono que era desconocido para mi, hablaba de teoría marxista, a la que no era ajeno, pues me había educado con jesuitas, que en ese tiempo representaban el ala izquierda de la Iglesia Católica y la doctrina de la liberación era muy extendida entre mis maestros.

Pero, la forma de hablar de aquellos compañeros, denotaba amargura, desencanto y envidia hacia quienes tenían capacidad económica.

Aquello me parecía absurdo, pues, al igual que yo, eran jóvenes de clase media, de quienes nuestros padres tenían la capacidad de seguirnos manteniendo mientras cursábamos una carrera universitaria y sin embargo, hablaban con amargura de quienes tenían capacidad económica.

Les llamábamos “Troskos” y eran muchos, fanatizados en su mayoría, trataban de imponerse a como diera lugar, en los estudiantes había un verdadero deseo de buscar un mundo más justo, pero esto no dependía de la ideología, sin de la bondad propia de la naturaleza humana que en el transcurso de la vida muchos la han perdido.

El tiempo me hizo ver que la ideología comunista de aquellos compañeros tenía sustento no en un verdadero deseo de mejorar a la sociedad, sino en un resentimiento, que a veces se convertía en odio, hacia aquellos que tenían un nivel de vida superior y así, con los años, aquellos que criticaban al gobierno priista, se unieron a la filas de los beneficiados por la revolución y otros se dedicaron a hacer dinero aliándose con los ricos a quienes odiaban y ahora viven en mansiones.

Debo reconocer que unos pocos fueron congruentes con su ideología y para ellos tengo respeto y admiración y mas de uno me honra con su amistad, que supera fácilmente los obstáculos de la ideología.

Ahora se les denomina “Chairos”, pero pertenecen a esa misma clase de ideólogos del marxismo y adoradores de la riqueza, se han apoderado del poder político del país, su resentimiento y odio ha superado la prueba del tiempo, se han mantenido intactos, al igual que su ideología anticuada; son liderados por un fósil que tardó 14 años en cursar la carrera y que su forma de vida ha sido el aliarse al priismo, renunciar a él y la promoción de huelgas y protestas y, ahora que tiene el poder, no ha vacilado en violar sus promesas y sacar al ejército a las calles.

La falta de congruencia de quienes habitaron los Palacios de los Obreros en Berlín es algo inherente a quienes piensan y actúan como López Obrador, la historia no miente.

Crédito de la imágen destacada: Sutterstock

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