El año pasado detuve a un multihomicida que está siendo procesado en una población lejana, cuando lo aprehendí me amenazó -en cuanto salga voy a ir tras de ti y tú familia- hace unos días me informaron que existen indicios de que el juez que lleva el caso en su contra,  ha sido sobornado por el delincuente y tengo temor que lo suelten y si es así, tendré que aplicar “cirugía”–.  Con este término se refería al hecho que posiblemente se vería obligado a matar al criminal.

Esto me lo decía un policía que me tenía confianza para pedirme consejo legal sobre esa situación. Me quede impactado, ¿qué le podía decir?  Si mi familia se viera amenazada por un criminal y no obtuviera apoyo del sistema, haría lo mismo y creo que usted también estimado lector.

Esta anécdota la comento para resaltar lo difícil que es la labor de la policía, ellos viven de una de forma muy distinta a la nuestra, tratan con el delito y lo peor que brota de la naturaleza humana y la sociedad: los criminales, seres humanos que violentan en forma tremenda las reglas de convivencia y que generalmente lo hacen como parte normal de su vida, y si los policías tiene que tratar con esos sujetos, no esperemos que sean “hermanitas de la caridad”, aunque tampoco pueden transformarse en aquello que combaten, pues entonces violentan la esencia misma de su función, al volverse criminales pretendiendo combatir el crimen.

En un trabajo de investigación realizado por los reporteros Angela Caputo y Jeremy Garner del periódico Chicago Tribune, se ha evidenciado que es solo un pequeño grupo de cerca de 124 elementos en el cuerpo de policía de Chicago los que se ha visto involucrados en problemas legales de abuso de la fuerza, esto en un universo de 12,000 policías y también se descubrió que en muchas demandas son los mismos policías los que se ven involucrados una y otra vez, abusos policiales que han costado a los contribuyentes de la ciudad más de 34 millones de dólares desde 2009 a la fecha.

Pero poca cosa se ha hecho en contra de estos elementos y el problema ha crecido tanto que el Departamento de Justicia del Gobierno Federal ha tenido que intervenir para realizar una investigación independiente, esto ante la falta de confianza a las investigaciones que realiza la oficina de policía de la ciudad.

Algunos datos son concluyentes, el vocero de la policía Anthony Guigelmi aceptó que lo que se ha hecho para erradicar a los malos elementos es insuficiente; por otro lado los abogados de la ciudad tienen un sistema que permite identificar cuando un elemento de la policía se ve involucrado en más de una demanda por abuso policial y esto lo notifican al departamento de policía el que toma medidas solo en pocos casos y de acuerdo a la naturaleza de la demanda.

Un mediador en las negociaciones que se están llevando a cabo actualmente entre la Unión de Policías y la Ciudad de Chicago ha apoyado la decisión que los expedientes disciplinarios de los policías se destruyan cuatro años después que se haya presentado una queja, salvo los casos en que haya demandas, la decisión final sobre el tema se tomará hasta el mes de abril; pero de lograrse se daría un paso más a la opacidad del actuar policial, en perjuicio dela ciudadanía que vería limitado el acceso a elementos de juicio cuando se den casos que ameriten demandas por responsabilidad policial.

También se ha observado que los policías acusados niegan rutinariamente los hechos que se les atribuyen y que estas negativas son sostenidas por testimonios de sus compañeros.

No existe un cuerpo de policía totalmente limpio, inclusive en países en donde la criminalidad se ha erradicado con gran éxito a grado tal que se ven obligaos a cerrar prisiones, como Dinamarca o Noruega, no dejan de aparecer esporádicamente abusos o actos de corrupción  en la policía.

Uno de los principales fenómenos que se presentan en estas organizaciones como facilitadores de la corrupción y el abuso fuerza, es conocido como los “Códigos de Silencio”,  que implican un compromiso que se crea al ingresar al cuerpo y consiste en la necesidad de guardar silencio respecto de las malas conductas que comenten algunos de los miembros de la organización.

Este código tiene una explicación muy simple, somos seres sociales, desde niños buscamos la compañía de los demás y formamos grupos de convivencia que tienen sus propias reglas que le identifican.

Cuando un elemento nuevo llega a un cuerpo policial se ve en la necesidad de adaptarse a ese grupo y descubre que tiene reglas propias, en el caso de la policía las reglas son muy fuertes debido a las características propias de este trabajo, en muchas ocasiones el seguir las reglas implica preservar la vida, pero también el trabajo o la libertad individual. El grupo tiene que mantener la cohesión para sobrevivir y en ocasiones esto implica tener que hacerse de la vista gorda de los comportamientos que van contra las reglas éticas o legales de la función que desempeñan.

Esto causa un fuerte daño al buen policía pues tiene que sostener mediante la pasividad y el silencio, las conductas de los malos compañeros y este silencio lo lleva a su casa y su familia y al día siguiente regresa con él al trabajo, en el trato continuo con sus compañeros, los superiores y la sociedad; esto evidentemente implica un estrés extra de la función que realiza y de esta forma los malos policías afectan el trabajo de los buenos, que son la mayor parte.

Como maestro en la Escuela de Policía, tuve la oportunidad de impartir la clase de Ética Policial y cuando trataba el tema de los Códigos de Silencio, el aire en el salón de clase se podría cortar con una navaja debido a la tensión que se sentía del coraje de los buenos policías que se encontraban presentes hacia sus compañeros, que actuaban contra los principios y las reglas que hacen de la carrera policial algo digno y satisfactorio.

Así pues encontramos que en la policía de Chicago los síntomas indican que los Códigos de Silencio han pasado los límites aceptables para un buen cuerpo policial y que solo ciento veinticuatro elementos han puesto en jaque a toda una organización que tiene todo para destacarse como una de las mejores de los Estados Unidos, aunque también vemos que existen políticas que tienden no solo a preservar este fenómeno sin a protegerlos, solo espero que los mediadores del conflicto, las autoridades y los mismos buenos policías, que son los más, sean conscientes que a mayor “silencio”, es mayor el estrés y el daño a su función.

Si el lector se interesa sobre el tema le aconsejo que busque una película en la que el actor Al Pacino  encarna a un personaje de la vida real: Frank Serpico, policía de Nueva York que a principios de los años setenta del siglo pasado se atrevió a retar los Códigos de Silencio que  corrompían hasta la médula al cuerpo policial de esa ciudad.

Al Verdadero Francesco Serpico, la Ciudad de Nueva York ha rendido diversos y merecidos homenajes y su blog lo pueden localizar en http://frankserpico.blogspot.mx/ puede también consultar una entrevista realizada a este carismático personaje por el diario español “El País” en http://elpais.com/elpais/2015/02/18/eps/1424272580_483024.html

Esperemos que este personaje de la vida real sirva de ejemplo para la policía de la Ciudad de Chicago, a fin de que esta tenga la dignidad que merece una de las urbes más grandes y dinámicas del mundo.

Les recuerdo que sus comentarios son bienvenidos a mullerod@hotmail.com

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