La tortura es una práctica que se ha aplicado durante casi toda la historia de la humanidad, no es sino hasta las últimas dos centurias que se ha procurado eliminar de los sistemas jurídicos en la mayor parte del mundo. En la época de la monarquía, la tortura tuvo un tinte especial en tanto que era una expresión del poder del rey, con diversos significados: Era el rey quien emitía la ley y tenía el poder de determinar qué conductas pudieran ser consideradas como delito; como consecuencia de esto, la comisión de un delito era una conducta en contra de la voluntad real, por lo que debía ser castigada severamente  lo que se hacía a través de actos que llegaron a niveles de crueldad increíbles para nuestra cultura. El tormento aplicado pretendía demostrar el poder del monarca de diversas formas; era un mensaje a los súbditos –esto es lo que acontece a quienes osan ir en contra de la voluntad real—, también pretendía demostrar cómo el poder del monarca era tal que podía disponer, a su voluntad, del cuerpo de los gobernados y procuraba, a través de esa muestra de sufrimiento, inhibir las conductas criminales y crear un espectáculo público. En el siglo XVIII, esta facultad del monarca se empezaba a cuestionar y fue en la segunda mitad de dicha centuria que la aplicación de la tortura se fue paliando y eliminando de los sistemas jurídicos de Europa Continental. Este repudio se puede entender con meridiana claridad al leer la descripción que Michelle Foucalt (q.p.d.), hace en su libro «Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión», cuando describe la ejecución de un criminal en la Francia Monárquica, de la siguiente manera: Damiens fue condenado, el 2 marzo 1757, a -pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París, -adonde debía ser- llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con una hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano-; después, -en dicha carreta, a la plaza de Grevé, y sobre un cadalso que ahí habrá sido levantado deberán serle atenaceadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, ha sido en esta que sostuvo el cuchillo con que cometió dicho parricidio (por ser contra el rey, a quien se equipara al padre), quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, resina ardiente, cera y azufre fundidos juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducido a cenizas y sus cenizas arrojadas al aviento-. Menciona Foucalt la crónica del oficial Bouton que formó parte del cuerpo de ejecución, transcribiendo: Se encendió el azufre, pero el fuego era tan pobre que sólo la piel de la parte superior de la mano quedó no más que un poco dañada. A continuación, un ayudante arremangado por encima de los codos, tomó unas tenazas de acero hechas para el caso, largas de un pie y medio aproximadamente, y le atenaceó primero la pantorrilla de la pierna derecha, después el muslo, de ahí pasó a las dos mollas del brazo derecho, y a continuación a las tetillas. A este oficial, aunque fuerte y robusto, le costó mucho trabajo arrancar los trozos de carne que tomaba con la tenaza dos y tres veces del mismo lado, retorciendo, y lo que sacaba de cada porción dejaba una llaga del tamaño de un escudo de seis libras…. Después de estos atenaceamientos, Damiens, que gritaba mucho aunque sin maldecir, levantaba la cabeza y se miraba. El mismo atenaceador tomó una cuchara de hierro del caldero mezcla hirviendo, la cual vertió en abundancia sobre cada llaga. A continuación, ataron con soguillas las cuerdas destinadas al filo de los caballos, y después se amarraron aquellas a cada miembro a lo largo de los muslos, piernas y brazos. El señor Le Breton, escribano, se acercó repetidas veces al reo para preguntarle si no tenía algo que decir. Dijo que no; gritaba como representan a los condenados, que no hay cómo se explica, a cada tormento: ¡Perdón, Dios Mío! ¡Perdón, Señor! A pesar de todos los sufrimientos dichos, levantaba de cuando en cuando la cabeza y se miraba valientemente…. Luego de la anterior lectura no es difícil comprender el porqué del repudio de estas prácticas. Los intelectuales de ese tiempo levantaban sus voces contra este despotismo monárquico y pugnaban por volver más humanos los sistemas penales, entre ellos destaca Cesar Beccaria, considerado el padre del Derecho Penal moderno, que en su obra denominada «De los Delitos y las Penas», habla sobre temas como el derecho a castigar, la crítica de la tortura, la pena de muerte, las prisiones y censura lo cruel, inhumano e injusto del sistema penal de esa época; a través de sus ideas logró suprimir la tortura en diversas regiones como Rusia (1776), Austria (1776), La Toscana (1786), y Francia (1780). Actualmente la tortura no se ha logrado eliminar y se continúa aplicando en muchos países, sobre todo como instrumento de investigación de delitos y de castigo en los centros de reclusión. Actualmente nuestro país está bajo el foco de observación de la ONU pues la tortura sobre todo como instrumento de investigación criminal continúa aplicándose y, frente a la morosidad en la capacitación de los cuerpos policiales, creo que todavía tenemos un largo tramo que recorrer para volver más humano nuestro sistema penal.

Sobre la problemática de la tortura en México se puede consutar la investigación del autor publicada en la Revista IURETEC del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey. Año3, No. 4, primera edición, 2010, pp. 107 a 140.

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