Pasaron los años y aquel domingo decidimos pasarlo Laura y yo, en el centro de la ciudad, acompañados de Claire, amiga de nuestra hija, quien nos visitaba. Estacionamos el vehículo cerca de la Catedral, desayunamos y salimos a caminar por la Plaza de Armas y platicamos con nuestra acompañante sobre situaciones históricas de la ciudad, cuando nos encontramos con un puesto para turistas que ofertaba un paseo por el denominado “Turibus”, un pequeño camión con apariencia de tranvía que lleva a los pasajeros a visitar lugares de trascendencia histórica en la ciudad.

Compramos los boletos y, poco antes de la hora de salida, abordamos el vehículo junto con otros pasajeros. Tuvimos que esperar cerca de 15 minutos a que hiciera su acto de presencia el chofer/guía, que nos llevaría en nuestro recorrido. No fue agradable, se presentó un sujeto que rondaba los 45 años, con una barba de tres días y el pelo grasiento por falta de aseo, lo que hacía juego con la ropa: Vestía una camisa, con el logotipo de la Secretaría de Turismo, a la que se le veían trazas de no haber conocido agua y jabón por una buena temporada. Sin abundar mucho sobre el tema, pareciera que el sujeto se había dormido con la ropa puesta y como tal, recién despertado, hubiese llegado, con la prisa que impulsa la demora, a su trabajo.

Inició el recorrido y nos señaló a la derecha la “Tienda de Pascualita”, un negocio de vestidos para novias y quinceañeras, del que se dice que uno de los maniquíes es la misma hija de quien fuera la propietaria. La joven murió el día de su boda y, según la leyenda, en la noche la muñeca cobra vida y se le ve mover los ojos.

Pasamos luego por la que fuera la finca de uno de los grandes terratenientes del Estado y el guía empezó a despotricar con una sarta de mentiras que me hicieron asombrar y así continúo el resto del recorrido. Llegábamos a un sitio histórico y nuestro cicerone contaba historias y datos falsos o exagerados, alardeando de un conocimiento histórico del cual carecía.

En cada ocasión procuraba aclararle a Claire lo que he estudiado y conozco sobre los sitios que visitamos. Laura se reía cuando escuchaba al guía, pero para mí la reacción era distinta, me molestaba la actitud de aquel sujeto desagradable.

Llegamos a la última parte del recorrido, una visita al Centro Cultural Universitario “Quinta Gameros”, una hermosa edificación que representa fielmente la arquitectura del Art Nouveau, construida por el arquitecto colombiano Julio Corredor Latorre en 1910. El lugar se encuentra muy bien preservado y se ha adecuado con mobiliario de la época, lo que lleva, a quien lo visita, a los tiempos de su esplendor.

Arribamos al lugar y bajamos del camión, pagamos la entrada y el guía inició el recorrido; en ese momento decidí apartarme del grupo y empecé a deambular por el edificio, subí al segundo piso y, en una esquina, estaba una pequeña escultura que representa una guitarra en la parte inferior y, en la parte superior, dos manos que dan la apariencia de flotar frente al rostro de un sujeto, me llamó la atención y me acerqué para leer la inscripción: Había sido elaborada por el artista chihuahuense José Luis Beltrán, en memoria del más grande guitarrista que ha producido mi tierra natal: Cleofas Villegas Flores.

Fue grande el gusto que me dio y, para mi fortuna, terminó el recorrido del “Turibus”. Con un mejorado talante debido a la grata sorpresa, volvimos a la casa, en donde seguramente ese domingo disfrutamos de una sabrosa carne asada al estilo norteño.

Al escribir estas líneas me reencontré con el tema de aquel extraordinario guitarrista con el que compartí algunas horas de ensayo, en mi infructuoso intento de aprender la guitarra clásica y he encontrado más información: Fue maestro en la Universidad Autónoma de Guerrero, en donde inició en 1978 y ahí se le reconoce como formador de una escuela de guitarristas de alto nivel; en los años noventa continuó con su labor docente en la Universidad de Tlaxcala. Hizo arreglos y acompañó a grandes artistas como Joaquín Sabina, Oscar Chávez, Lucha Villa y Armando Manzanero. Este año se le ha dado reconocimiento en su natal Delicias, Chihuahua, agregando su nombre al del Centro Cultural de esa ciudad.

Vayan estas líneas como un sencillo homenaje a ese gran músico chihuahuense que tuvo el mal gusto de dejarnos hace ya 16 años. Que descanse en paz y su legado perdure.

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