Crédito de la Imagen: kunst kopie, Mercado Libre.

¿Dónde habrá quedado ese estupendo libro que tanto me enseñó sobre la Fiesta Brava? no lo logro encontrar en mi biblioteca. Seguramente lo habré prestado y siguió el fatal destino que marca la sabiduría popular – libro que se presta, jamás volverá -.

La trama del libro se enfoca, en parte, sobre la vida de Manuel Benítez “El Cordobés” un gran torero que dio luz y presencia en los cosos en que se presentaba y el título del libro “O llevaras luto por mí”, hace referencia a las palabras de aquel joven aspirante a torero, que a los 21 años tendría su primera presentación oficial y que, al salir de la casa hacía el ruedo, dijo a su madre: – o triunfo o llevarás luto por mi…-

Debo confesar que el libro llegó a mis manos por tres motivos: el primero fue que entré a esa librería de segunda, porque mi cartera no abultaba gran cosa; en los exhibidores encontré el libro, de cuyos autores Dominique Lapierre y Larry Collins, había ya leído alguna otra obra y sabía que escribían respaldados por investigaciones serias y, en la contraportada, se mencionaban, como parte del relato, temas sobre la Guerra Civil Española, situación histórica de la que quería conocer.

Así que compré la obra y al concluir su lectura habían cambiado todos mis perjuicios sobre la fiesta brava, entendí todo el simbolismo, la tradición, la belleza y el arte que encierra esa forma de culto hacía una de las bestias más hermosas y dignas de la creación: el Toro de Lidia, así con letras mayúsculas por el respeto y admiración que ese animal merece.

La mitología griega menciona que el Dios Poseidón, cuando el rey Minos le ofreció un sacrificio, decidió crear al toro y le hizo salir del mar. Pero Minos, al ver la belleza de la bestia, se arrepintió y se negó a sacrificarlo, con lo que se ganó la animadversión del dios.

Esa es la leyenda de cómo surgió uno de los más soberbios animales de la creación, que conocemos como  uro europeo, del que directamente descienden los Toros de Lidia que ahora conocemos y que en territorio europeo, se fue extinguiendo por la caza y la pérdida de su hábitat; para el siglo XVII solo se podía encontrar en el extremo último de Europa, la Península Ibérica, donde durante siglos se ha desarrollado la raza, para crear una especie que, al decir de los expertos, es mucho más soberbia y perfecta que el Bos Primigenius Taurus, del cual deriva.

Es una raza que se fue perfeccionando para superar las condiciones originales, de bravura, arrojo y presencia, lo que se logró hasta llegar al Toro de Lidia, soberbio ejemplar que despierta la admiración de quien lo observe, aún y cuando desconozca de la materia, de la misma forma que nos despierta admiración la presencia de un Tigre de Bengala.

Sí, conocí algo sobre la Guerra Civil Española con la lectura de ese libro, pero conocí tanto sobre la llamada “Fiesta Brava” que me volví aficionado a esta y acudía a las plazas de toros con verdadero entusiasmo y convencido que muchos de los perjuicios hacia esta actividad carecen de fundamento.

Conocí el porque la arena se divide en tres ruedos, cuales son las funciones de los distintos trapos que usa el torero, de las suertes que se realizan con esos trapos, el porque se pica al toro en la cerviz con una vara o porque se le insertan pequeños arpones llamados banderillas y la suerte final, el arte que conlleva que una persona de 70 kilos enfrente, tan solo con un acero, a una bestia embravecida que pesa diez veces más, que le supera con creces en agilidad y armada con dos astas, de punta afilada, que suelen medir hasta un metro de longitud, dotado de tal habilidad para su uso, que puede ensartar en ellas una hoja de un árbol o traspasar un tablón de centímetros de grueso.

Así es amigo, en mi lectura sobre el tema y la asistencia a los cosos taurinos fui reconociendo que la fiesta brava tiene una agraciada visión: el rendir homenaje a uno de los mas hermosos y soberbios productos de la creación: El toro de Lidia.

Cuando concluía una faena, me levantaba de mi asiento como todo el público que conocía porque estaba ahí, para rendir homenaje ovacionando tanto al toro como al torero quien, en muchas ocasiones, se inclinaba hacía la bestia y besaba su testuz en agradecimiento al trabajo que había hecho.

Conforme iban pasando los años de mi afición por los toros, surgieron fenómenos que indicaban que esa costumbre estaba por extinguirse, cada vez éramos menos quienes acudíamos a las plazas y, fuera de ellas, eran cada vez más los grupos defensores de animales que protestaban.

Un juez de la ciudad de México ha determinado que no se deberán celebrar más corridas de toros la Plaza de Toros México, las generaciones han cambiado, la muerte de un animal para alimentarse es algo que se hace en lugares a los que el común de la gente no tiene acceso y por eso no lo ven como algo natural, es más, ni tan siquiera piensan en ello mientras comen alimentos que han derivado de ese inevitable hecho.

La fiesta brava se extingue y con ello una tradición de siglos a la que solo nos aficionamos los que venimos de otras generaciones, pero lo triste es que, al desaparecer las corridas de toros, desaparecerá una especie animal que ha conservado el estado natural con que fue creada originalmente: un toro de bravura y trapío como no volverá a existir y solo quedarán las razas de bovinos que en su artificial mansedumbre serán usados para darnos a los humanos lo que de ellos necesitamos.

Sirva esta modesta aportación como réquiem para esa bella tradición y la espléndida bestia que le dio razón.

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