El entonces candidato a la presidencia de México, Enrique Peña Nieto, se presentó en el programa televisivo Tercer Grado, donde habló de un nuevo Partido Revolucionario Institucional (PRI), compuesto de gente joven y capaz. Puso como ejemplo de esto a los entonces gobernadores de Quintana Roo, Roberto Borge; de Veracruz, Javier Duarte, y de Chihuahua, Cesar Duarte Jáquez; todos ellos ahora perseguidos y señalados por una corrupción galopante en las entidades que gobernaron.

En realidad son 14 los gobernadores de México que actualmente se encuentran señalados por actos de corrupción. A la lista anterior podemos agregar a Andrés Granier, de Tabasco; Humberto Moreira, de Coahuila; Juan Sabines, de Chiapas; Emilio González, de Jalisco; Fidel Herrera, de Veracruz; Arturo Montiel, del Estado de México; Tomás Yarrington y Eugenio Hernández, de Tamaulipas y, de Oaxaca, Gabino Cué, José Murat y Ulises Ruiz.

Es un hecho que todos estos señores fueron lanzados a las candidaturas por sus propios partidos, y, durante la realización de sus funciones, el partido al que pertenecían guardó un silencio empapado de complicidad y una vez que abandonaron el cargo, la organización política de la que emanaron ha alzado la voz contra estos elementos corruptos, pero sólo cuando no pudo soslayar los reclamos de la opinión pública.

Estas reflexiones llevan a concluir que el sistema político, basado en partidos, está fallando en forma escandalosa a pesar de que durante 2017 se repartirán un jugoso pastel tasado en 4,138,000,000.00 de pesos. Dinero que brota de los bolsillos de los mexicanos, quienes vemos impotentes cómo el fruto de nuestro esfuerzo se va en el apoyo a un sistema político que, lejos de apoyar a quienes les pagan, sostiene hasta la complicidad a sus socios de raterías.

Según un informe del gobierno mexicano, el financiamiento a los partidos con fondos públicos tiene como origen la necesidad de crear un sistema electoral que presentara diversas opciones a los votantes. En 1946 se estableció que sólo los partidos políticos podían nominar a un candidato, lo que dio nacimiento al PRI; en esa época el sistema de partidos era muy débil y esto permitió el fortalecimiento hegemónico de ese partido, lo que vino a traer un sistema político que, en la práctica, era unipartidista, pues las otras organizaciones políticas no representaban una competencia electoral, situación que duró hasta 2000, año en el que el Partido Acción Nacional accedió al poder en la presidencia.

Las reformas a la organización política de México tuvieron por objeto abrir ese sistema de control unipartidista, para permitir el crecimiento de otras opciones políticas que representaran la pluralidad de pensamiento en la sociedad mexicana. La búsqueda de un sistema que fortaleciera el sistema de partidos es lo que dio origen al sistema de financiamiento a los partidos políticos, que pretende lograr tres efectos: Generar condiciones de equidad en la competencia política; transparentar los recursos erogados en las contiendas electorales al conocerse con certeza el origen de la mayor parte del dinero que es utilizado, e impedir que los intereses privados, lícitos o ilícitos, influyan en las contiendas políticas.

Además de lo anterior, un sistema de partidos políticos debe representar una serie de ventajas a los ciudadanos: El partido representa una corriente ideológica, por lo que el votante, al emitir su decisión, tiene cierta garantía de que el candidato por el que vota representa una idea de gobierno identificable; dentro de sus procesos internos, los partidos deberán elegir a las personas más capacitadas para el ejercicio del puesto público para el que compiten, conciliando esto con las posibilidades de inclinar la balanza de los electores a su favor y, por último, los ciudadanos debemos tener cierto nivel de seguridad que el partido será un vigilante del buen actuar de su representante en el ejercicio de la función pública.

Es evidente que los partidos políticos han fallado en presentar sus mejores opciones y vigilar la actuación de estos. Suele decirse que el gobernador o el presidente es el primer representante del partido del que surgió, pero en realidad debiera ser el miembro del partido más vigilado por este, lo que evidentemente no ha sucedido. Peor aún, ha existido complicidad entre el funcionario corrupto y el partido político, pues ahora se han evidenciado los grandes desvíos de fondos públicos para las campañas políticas, sobre todo del PRI.

En el siglo I de nuestra era, el emperador romano Calígula nombró senador a su caballo Incitatus, dando a entender que cualquiera podía ocupar ese puesto. La corrupción de los gobernadores en México ha puesto en evidencia que la clase política mexicana y los partidos en que encuentran cobijo, sólo nos ha dado “Caballos de Calígula” a los ciudadanos y creo que el Partido Republicano en Estados Unidos ha cometido el mismo error en la presidencia de ese país.

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