Por Oscar Müller C.

El sol empezaba a calentar aquel día de inicios de otoño y el hombre mayor caminaba lentamente entre los surcos del viñedo, con un gesto de satisfacción en su rostro. Se detuvo un momento y tomó un grano de uva de uno de los racimos, cuyo color oscuro mostraba ya cierto grado de madurez, lo llevó a su boca y con un mordisco le hizo estallar entre sus dientes, impregnando con su sabor las papilas gustativas.

La Loma en que se encontraba su terreno, tenía una leve inclinación hacia el sur, lo que permitía a sus viñedos madurar un poco antes que los de sus vecinos, lo que le daba tiempo para preparar la vendimia con unos días de anticipación a ellos.

El gusto del jugo, con un leve dejo de acidez, le indicaba que aún faltaban unos cuantos días para cortar los racimos y continúo satisfecho su paseo entre las parras.

Una leve cojera se notaba al apoyar su pierna izquierda, nada que le impidiera desplazarse, pero si algo de lo que enorgullecerse.

Había pertenecido a las legiones romanas, desde que tenía 15 años, había crecido en las calles sin ley de los barrios pobres de Roma, en donde un niño solo, difícilmente sobreviviría, pero él lo logró y cuando apenas tuvo edad, se presentó en el Campo Marte para incorporarse al Ejército Romano, que en aquel tiempo bullía de actividad, pues los cartagineses, comandados por Amilcar Barca y su hijo Anibal, había ya invadido Hispania, desde donde pretendían crear la base que les permitiría marchar sobre la Península Itálica y por eso, quienes pretendían alistarse en las legiones romanas eran bienvenidos, como sucedió con nuestro joven amigo, quien fue entrenado y reclutado como hastati, aquellos novatos que, armados de una larga vara con un pico de hierro en su extremo, formaban al frente y eran los primeros en entrar en batalla.

Fue en las luchas contra el temido Aníbal, que duraron más de un quindenio, donde transcurrió su carrera militar y también donde recibió las heridas que marcaron su cuerpo, incluyendo aquella en su pierna izquierda que le provocaba una leve cojera, pero que llevaba con más orgullo que los mismos reconocimientos otorgados por sus superiores, en el curso de aquella carrera que había durado 25 años y en la cual había escalado desde ser el pequeño e inexperto lancero del inicio, hasta convertirse en el respetado centurión que culminó aquella vida marcada por la disciplina, la tenacidad y el valor.

Fue el mismo Cónsul Escipión, aquel bajo cuyo mando luchó en las arenas africanas en Zama y donde Anibal fuera derrotado, quien colgó de su peto aquel reconocimiento a su valor.

Años después le llegó la hora del retiro y fue reconocido al entregarle aquel terreno al suroeste de la ciudad de Capua, donde había sembrado las parras que ahora eran su subsistencia.

Pensar en las cicatrices de su cuerpo le hacía ser consciente que gran parte de ellas eran fruto de sus errores, pero el haberlos cometido y luego superar su resultado, era lo que le hacía respirar profundo y llenar su pecho de orgullo.

Con el sol alzándose frente a su rostro siguió caminando, mientras su mano izquierda rozaba levemente las hojas de las vides.

Crédito de la imagen: Rincones de México

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