Por Óscar Müller Creel

Aquel hombre que mediaba la veintena de años, acercó una banca a la ventana con barrotes de ese calabozo del convento de San Francisco en la Villa Real de San Felipe, Chihuahua, en la región central de la Nueva Vizcaya; su vista alcanzaba hasta la corriente de agua que los lugareños llamaban río Chuviscar y que, en ese seco abril de 1811, sólo llevaba una pequeña corriente que tendría tal vez cinco metros de ancho y, a lo más, uno de profundidad. Sus pensamientos volaban al pasado, cuando en 1799, apenas con 15 años, logró entrar al ejército virreinal de la Nueva España con el carácter de teniente, grado que pudo obtener mediante el gasto de una parte de la herencia de su padre José Bernardo Abasolo, que murió un año antes.

A los 21, el joven solía lucirse con su porte militar y gustaba de pasear entre San Miguel el Grande y Dolores, en la zona del bajío en el Virreinato de la Nueva España.

En uno de esos paseos quedó prendado de una joven, hija de un rico hacendado de la región de Chamacuero y, pese a que los padres de ella no veían con buenos ojos las relaciones que el joven militar tenía con el cura Miguel Hidalgo y con el capitán Ignacio Allende, bajo cuya dependencia servía, Mariano Abasolo y Manuela Rojas y Taboada, se casaron.

Apenas había nacido el primer hijo de la pareja cuando estalló el movimiento insurgente el 16 de septiembre de 1810 y tanto Hidalgo como Allende convencieron al joven teniente para que se les uniese y, luego de la batalla de Celaya, pidieron a Mariano y Manuelita cooperaran con la causa mediante un préstamo de 40,000 pesos a cargo de la sucesión del padre de esta última.

Dicho préstamo ayudó para que Abasolo fuese nombrado coronel de la milicia insurgente, cargo con el que llegó a Guanajuato, dándose la terrible masacre en la que no se respetó la vida de los refugiados en la alhóndiga y que provocó el distanciamiento entre Hidalgo y Allende. Abasolo, como militar que era, tampoco veía con buenos ojos los desmanes que la turba que los acompañaba causaba, como tampoco las ejecuciones sumarias de españoles y continuamente manifestó su oposición a esto.

Manuela y su hijo se trasladaron a San Luís Potosí y cuando los insurgentes tomaron la plaza de Guadalajara, Mariano, con férrea voluntad, logró salvar la vida de muchos españoles que, algunos insurgentes, pretendían ejecutar, lo que le salvaría la vida después en la Villa de Chihuahua.

Estando en Guadalajara surgió la batalla del Puente de Calderón, en donde la turba dirigida por Hidalgo fue duramente derrotada. Abasolo, mientras veía hacia el río Chuviscar, recordaba como los jefes militares se habían opuesto a esa batalla y no participaron en la misma, sino que abandonaron la plaza dirigiéndose hacia el norte.

Manuela, desde San Luís Potosí, escribió dos cartas a su esposo en donde le rogaba dejar la lucha que ya se veía perdida y se refugiara en EEUU, pero al no lograr su objetivo, se unió a las tropas que huían hacia el norte y fue hecha presa junto a Mariano y los demás insurgentes en Acatita de Baján y trasladada a la Villa de Chihuahua, con su hijo y esposo.

En Chihuahua, Manuelita y su hijo encontraron refugio en casa de una familia que se compadeció de ellos, pero el juicio contra Abasolo no se hizo esperar y fue condenado a muerte.

Los llamados del guardia gritando su nombre le desviaron de sus pensamientos y bajando de la banca en la que estaba parado viendo al río, Mariano se acercó a la reja del calabozo tras de la cual le esperaba su esposa quien le informó que había logrado que el comandante de la plaza, luego de enterarse de la intervención del joven militar para salvar españoles en Guadalajara, había suspendido la ejecución de la sentencia. Manuela le informó que se trasladaba a México para pedir su indulto.

La mujer no se amilanó ante la rudeza del viaje que tenía que hacer, cruzó por desiertos y montañas hasta llegar a Guanajuato para vender gran parte de sus bienes y de ahí ir a México donde luego de mucho implorar (y tal vez el tener que ceder buena parte de su fortuna) logró del Virrey que la sentencia fuese permutada por otra de condena perpetua en el exilio.

Abasolo permaneció en prisión en la Villa de Chihuahua hasta 1815, tiempo durante el cual, Manuela, valiente y fiel, permaneció junto a él hasta que se dio orden de trasladar al prisionero a la ciudad ibera de Cádiz, en donde fue encerrado en la fortaleza de Santa Catalina. Con lo que quedaba de la fortuna de sus padres, Manuela le acompañó y estuvo con él hasta su muerte, dos años después, cuando volvió a la Nueva España, perdiéndose su memoria en el olvido.

Una vez que México se convirtió en un país independiente, los nietos de Abasolo reclamaron al gobierno el pago del préstamo que había otorgado a Hidalgo y fue hasta 1891 que el general Porfirio Díaz, presidente del país, hizo el pago a la última descendiente de la pareja, Ana Galván viuda de Abasolo.

Mi agradecimiento a Rubén Beltrán Acosta, cronista de Chihuahua, por hacerme ver mi error de que la cabeza de Mariano Abasolo fue una de las que colgaron en las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato y por proporcionarme el material de León Barri, donde he tomado el relato de esta historia de devoción en la guerra de independencia de México.

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