El hombre frisaba en los 60 años, su cabello aún conservaba el negro que contrastaba con el blanco de su impecable toga; se dirigía a un grupo de hombres mayores que vestían igual que él, los Senadores de Roma. El discurso giraba sobre la necesidad de establecer una damnatio memoriae al recién fallecido emperador Domiciano, el orador arengaba a sus compañeros:

“Debemos fundir las estatuas de bronce y oro, así como las monedas que tengan su efigie, tachar su nombre en los lugares públicos y confiscar sus bienes para reponer el daño que causó al erario del imperio”.

Muchos de sus compañeros apoyaron con aplausos y gritos la moción, mientras un pequeño grupo de ellos guardaba silencio, eran aquellos que se habían visto beneficiados por el tirano que, sólo unos días antes, había sido asesinado en sus habitaciones.

La damnatio memoriae era una forma de atacar el recuerdo de quien hubiese causado un grave daño a la comunidad y fue aplicada con amplitud en la época del imperio en la Roma Antigua, se dirigía a la memoria de los emperadores que habían causado daño a la sociedad romana. Las estrategias de la damnatio memoriae incluían desaparecer o dañar las imágenes visuales que existían de la persona.

En el libro “History and Silence”, de Charles W. Hedrick Jr., se hace un estudio sobre esta institución del derecho romano, creada hace ya 20 siglos. Se concluye que con la figura legal no se pretenda borrar de la memoria social a quien se le aplicaba, sino presentar un acto de deshonor que perdurará en el tiempo.

La práctica de pretender eliminar el recuerdo de conocimientos que no convienen a grupos en poder se ha dado continuamente en la historia de la humanidad, ejemplos de esto los tenemos en el triste hecho de quemas de libros y bibliotecas, con supuesta intención de eliminar el conocimiento que de ellos ha brotado.

El caso de la biblioteca de Alejandría, incendiada por fanáticos de una secta Cristiana en

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La Biblioteca de Alejandría en Egipto, fue producto de un gran esfuerzo por compilar el conocimiento humano.

el año 391 de nuestra era, lo que llevó a la destrucción de centenas de miles de rollos de papiro y codex, derivados de las culturas griega y romana, fuente de nuestro saber occidental.

A finales del siglo XV el fraile florentino Girolamo Savonarola, en un frenesí religioso, movió a la juventud en Florencia a asaltar las casas de los pudientes de la ciudad y confiscar bienes considerados objetos de vanidad, entre los que se incluían obras de arte y literarias, que eran arrojadas a una hoguera creada ex profeso.

Las quemas de Códices Aztecas y Mayas, realizadas por Juan de Zumárraga y Diego de Landa, en el siglo XV, prácticamente borraron de la historia el conocimiento de esas culturas.

En la época actual, no podemos soslayar la destrucción cultural de la Alemania nazi que inició a principio de mayo de 1933, con la quema de libros y documentos, así como instrumentos científicos por el simple hecho de proceder de autores judíos, esta barbarie culminó el día 10 de ese mes, en la Opernplatz de Berlín.

¿Qué decir del saqueo y destrucción de la biblioteca y el museo de Bagdad en abril de 2003, cuando desaparecieron muchos vestigios de las primeras muestras de cultura de la humanidad?

Hay algo que ha caracterizado estos movimientos de destrucción cultural: Odio, fanatismo e ignorancia. Estos sentimientos, que representan el lado nocivo y destructivo del ser humano, han arrasado con la cultura e historia.

Una nueva ola de destrucción cultural amenaza a Estados Unidos. El retiro de los monumentos relacionados con aquellos que, durante la guerra de secesión de los años sesenta del siglo XIX, lucharon en las armas y por las ideas de la forma de vida y economía del sur agrícola de Estados Unidos, que se basaba en la esclavitud de los afroamericanos.

Greg Fenves, del campus en Austin de la Universidad de Texas, ha justificado el retiro de los monumentos del territorio de la institución, refiriendo que lo que representan esas obras va en contra de los valores de la universidad, que no se puede elegir la historia, pero si lo que se honra y festeja en el campus.

El presidente Donald Trump también se ha manifestado en contra de esta práctica expresando que “no se puede cambiar la historia, pero se puede aprender de ella”.

Contrario a mi costumbre, ahora coincido con el mandatario estadounidense. Las opciones que se tienen son seguir el ejemplo de una cultura que llegó a apreciar el verdadero valor de la historia como fue la romana y que supo encontrar el punto de equilibrio entre preservar el recuerdo de lo que le dañó o destruir aquello que no aceptamos por ir en contra de nuestras convicciones, como ha sucedido a través de la historia con los ignorantes, fanáticos y depredadores.

Ni el fanatismo de los racistas arios, el KKK o los neonazis, pero tampoco el afán de olvido de la historia de quienes se oponen a aquellos, un término medio que permita ver esos monumentos en su exacta dimensión histórica. ¿Usted qué propondría?

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