El hombre de tez morena y tupido bigote había levantado por los brazos a aquel niño de 6 años y puso su cara frente a la de él, a pocos centímetros de distancia, ambos se veían frente a frente; en la mirada del pequeño se reflejaba el odio provocado por la sentencia que acababa de escuchar, de los ojos del otro brotaba ira, dolor y duda.

Luego de unos segundos de aquel enfrentamiento de voluntades, el hombre mayor bajó al niño y se dirigió a quienes llevaban a ejecutar al detenido, dando la orden…

El 9 de marzo de 1916, Columbus, en el Estado de Nuevo México, en los Estados Unidos,, era una pequeña población fronteriza de tan solo unos 350 habitantes entre norteamericanos y mexicanos; cerca de ahí se encontraba Camp Furlong, sede del 13º Regimiento de Caballería de Estados Unidos, con cerca de 500 hombres.

Las fuerzas de Pancho Villa penetraron en territorio norteamericano, en pequeñas cuadrillas, por los alrededores del puesto fronterizo de Palomas; para luego reunirse y atacar Columbus en la hora más oscura de la noche.

Los habitantes del poblado y algunos militares que allí pernoctaban, presentaron resistencia, el ataque no duró mucho; fueron pocos los muertos y heridos por ambos bandos, como también lo fue el botín que las tropas villistas lograron en esa efímera batalla, luego de la cual atravesaron la frontera para ir a perderse en las abruptas montañas de la Sierra Madre Occidental en el Estado de Chihuahua.

Al General John J. Pershing, de Fort Bliss en el Paso Texas, le fue encargada la misión de perseguir y capturar a Villa y, fue así como cerca de 12000 soldados norteamericanos, se instalaron en el Estado de Chihuahua, en territorio Mexicano, el 16 de marzo de ese año. Días después, Villa fue herido en la pierna derecha cuando él y sus huestes se enfrentaron con tropas federales junto al río Papigochi y, durante 11 meses, tuvo que andar “a salto de mata”, para evitar las tropas norteamericanas, que durante ese tiempo insistieron en su búsqueda.

Al irse las tropas norteamericanas, Villa se dejó ver por la región, especialmente en Hidalgo de Parral y fue en un rancho, propiedad del señor Sabas Lozoya, al sur de esta población, donde, aún sin sanar la herida y apoyándose en un bastón, vió a un individuo a quien reconoció como uno de los guías de la expedición de Pershing y de inmediato ordenó a sus hombres aprehenderle y, una vez que lo llevaron a su presencia, le reprochó su proceder y, sin más, ordenó lo fusilaran en el panteón del lugar que se encontraba a la vista.

Mientras esto sucedía, un grupo de gente se había reunido, curiosa y temerosa a la vez, observando y comentando el evento y entre ellos se encontraba un pequeño, en cuya figura se veía el humilde origen campesino, la ropa vieja y desgarrada, un calzado ya roto de la suela, la piel tostada por el sol y el pelo hirsuto, era hijo de aquel cuya muerte había ordenado el revolucionario.

El niño se separó del grupo, acercándose a Villa y mirándole con odio, le propinó, con toda la fuerza que era capáz, una patada en la herida de la pierna derecha.

Villa no pudo evitar hacer un gesto por el dolor que le había causado aquel golpe y levantando al niño por los brazos, le miró fijamente, pero solo recibió como respuesta la mirada sostenida por el coraje y el odio de aquel pequeño y en esa lid de voluntades, la del niño resultó triunfante.

Villa ordenó a los hombres que caminaban hacía el panteón con el detenido devolverse y, una vez que tuvo frente a sí al condenado, tomó su mano y la unió a la del niño y le dijo a este último:

  • Niño, ¡llévate luego a tu padre!… ¡Pero llévatelo luego!

Silvestre Terrazas, en cuyo  libro “El verdadero Pancho Villa”, he tenido el placer de encontrar esta historia, nos presenta la siguiente reflexión:

“¿Qué había pasado en la mente de esos dos seres: inocente niño uno y hombre avezado al crimen el otro, en singular combate mudo, sin armas, sin acción -de hecho-  que decidiera?… Posiblemente Villa pensó en lo que él mismo hubiera hecho al saber de la orden de fusilamiento contra uno de sus seres más queridos; lo que hubiera hecho por su padre al verlo rumbo al patíbulo, dejándolo en la más completa orfandad y rodeado de miserias…”

Villa moriría 7 años después, un día 20 de julio, en una emboscada en la ciudad de Parral, Chihuahua.

 

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