Los ocho hombres se encontraban tensos, esperando el momento. En Parral, Chihuahua, el calor de Julio era intenso y aunque algo se amortiguaba por el grosor de las paredes de adobe de los cuartos en que se encontraban, entre pacas de alfalfa y armados con revólveres calibre cuarenta y cinco y carabinas; poco calmaba el nerviosismo que sentían ante lo que harían en los siguientes minutos. Sudaban, no solo por el calor sino también por el temor de la inminente acción que se avecinaba; secaban sus manos en forma nerviosa, lo que menos querían era que se les fuese a resbalar el arma al momento de ejecutar su cometido. En ese momento oyeron claramente la señal convenida…

El historiador de la Universidad de Chicago, Friedrich Katz, en su obra sobre Pancho Villa, relata cómo este fue perdiendo liderazgo en el movimiento revolucionario que había iniciado en México en 1910 y para el año 1917, la muerte de su amigo Martín López, su alejamiento del General Felipe Ángeles y la deserción de mucha de sus tropas; le habían desmoralizado. Para el año 1920, logró negociar su rendición con el entonces presidente Álvaro Obregón, se le entregaba a Villa la propiedad de la Hacienda de Canutillo y se le permitía conservar una escolta de cincuenta hombres de los legendarios Dorados de la División del Norte y a ochocientos más de sus hombres, se les entregaron tierras de labranza.

Esto le dio a Villa cierta tranquilidad y serenó a sus enemigos políticos; pero estos no eran los únicos. Debido a una serie de despojos de tierras y asesinatos, tenía otros enemigos en Chihuahua y Durango y sabía que estos buscarían la venganza; a pesar que el acuerdo de paz logrado con el presidente Obregón, le obligaba a no provocar situaciones de conflicto; sus enemigos sabían que Villa no cumpliría, e iría acabando con aquellos que tuvieran rencillas en su contra.

Los rancheros que aquel 20 de julio de 1923, se encontraban en las bodegas de pastura esperando matar o morir, eran de aquellos que se sabían en la mira del ex guerrillero, cada uno por diversos motivos, y conocían que en caso que Villa siguiera con vida, muy posiblemente ellos perdieran la propia. Ellos eran: Melitón Lozoya, Librado Martínez, José y Ramón Guerra, Jesús Salas Barraza, José Barraza y Jesús y José Sáenz Pardo.

Varias veces se habían reunido en las casas de los ranchos “La Cochinera” y “Amador”, el primero, propiedad de Melitón Lozoya y el segundo lo era de José Sáenz Pardo; poco a poco se habían ido coludiendo en el complot para matar al ex revolucionario. Todos tenían motivos personales para hacerlo, lejos estaban de ser asesinos contratados, pero eran hombres cuyo valor se había forjado en las luchas revolucionarias, sabían usar las armas y estaban conscientes que, si no hacían lo que pretendían, tarde o temprano serían muertos por su enemigo.

No era la primera vez que se fraguaba un atentado en contra de la vida de Pancho Villa: antes de esto, Jesús Herrera, un hombre influyente de la región, cuyo padre había sido asesinado por el guerrillero; contrató a varios asesinos a sueldo para que le dieran muerte, pero Villa fue advertido por su amigo Alfredo Chávez y les tendió una trampa, matando a varios de ellos.

Los conspiradores de “La Cochinera” y “Amador”, vigilaban los pasos de Villa y buscaban la forma de matarlo: apostaban un hombre en el poblado del Rosario, donde pasaba el ex revolucionario en su camino de Canutillo a Parral y aquel les daba aviso del paso de este, con la clave: “ahí va el ganado, tengan lista la pastura”; José Sáenz Pardo describió el significado de la frase con las siguientes palabras: -Villa era el ganado y la pastura la teníamos nosotros en la cintura-, refiriéndose a las armas.

Varios de los implicados en el complot, tenían corrales con ganado de engorda en Parral y rentaron dos cuartos en la calle por donde forzosamente pasaba Villa, bajo el pretexto de almacenar pastura en ellos, pero con la verdadera intención de tender la emboscada; como esos cuartos estaban separado por una pared, abrieron un boquete en ella para estar siempre en contacto.

Ya en una ocasión anterior habían estado a punto de ejecutar su plan, sin embargo, frente a los cuartos

de pastura había una escuela. Ese día les habían mandado la señal desde Rosario: el ganado se dirigía a Parral y ellos aprestaron la pastura en sus cinturas; pero cuando el carro de Villa pasó por el lugar, iban saliendo los niños de la escuela, por lo que decidieron suspender su plan.

Ese caluroso día de julio, les había llegado la señal desde Rosario. Un joven se apostó en la esquina de las calles Juárez y Barredo y, al ver venir el carro de Villa, con cinco escoltas, dio la señal: gritó “Viva Villa”, al tiempo que se secaba la frente con un paño blanco en su mano izquierda, los coludidos comprendieron el mensaje: en el coche iba Pancho Villa y su posición en el vehículo era el asiento del piloto.

En cuanto el vehículo dobló la esquina los ocho hombres salieron de los cuartos y desplegándose en abanico empezaron a disparar hacia el lugar del piloto del coche, que había frenado intempestivamente. No les importaba morir en el intento, su único objetivo era matar a Villa y proteger así a los que sobrevivieran y a sus familias, que no tendrían paz si fracasaban en su intento.

Villa recibió nueve disparos y murió al instante, de sus escoltas solo sobrevivió uno de ellos, de nombre Ramón Contreras, quien herido pudo huir del lugar.

Fue así como murió uno de los personajes más representativos de la Revolución Mexicana.

El video sobre esta columna pueden verlo en:

Fotografía de portada: El Centauro del Norte

Este relato se basa tanto en datos extraídos del libro de Friedrich Katz, como en el testimonio de uno de los implicados, José Sáenz Pardo, visible en internet, en la dirección https://www.youtube.com/watch?v=pCDSU3U7q14

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