A la gran casona ubicada en la calle Santa Isabel (Hoy 5 de mayo) en el centro de la Ciudad de México, en el atardecer de los viernes y sábado, era común ver llegar carruajes tirados por caballos de los que bajaban elegantes caballeros que acudían a las tertulias literarias y musicales de los intelectuales de aquellas épocas del México decimonónico, en el que la cultura había arraigado luego de medio siglos de luchas por el poder que habían desangrado al país.

Juan de la Peña era el opulento propietario de aquella mansión y, como amante de las bellas artes, era también el anfitrión de las veladas literarias que los fines de semana reunían a lo mas nutrido de la intelectualidad capitalina; las paredes de esa casona escucharon la voz de grandes poetas mexicanos y extranjeros declamando sus recién escritas obras, ahí estuvieron Guillermo Prieto o Ignacio Ramírez o el cubano José Martí, a quien se le conoce como el iniciador de la independencia de su país.

Rosario de la Peña. Litografía de Casasola. Fuente: Mediateca Nacional, INAH.

Estas tertulias tenían un valor agregado pues en ellas destacaba como anfitriona Rosario, la hija del mecenas, una joven de gran inteligencia y carisma cuyo marco era su belleza, quien la conocía quedaba de ella prendados y fueron muchos los intelectuales que pretendían ganar sus favores, entre ellos dos poetas: el poblano Manuel María Flores y el coahuilense Manuel Acuña. Rosario prefirió al primero y vivió por años con él, Acuña se quitó la vida algunos años después.

No se sabe porqué Rosario se inclinó por Manuel Flores, pues Acuña le dedicó un poema titulado “Nocturno” y que ahora se conoce más como “Nocturno a Rosario” pero que, si leemos, tal vez encontremos en sus letras la razón de la decisión de Rosario.

Manuel Acuña. Crédito de la imagen: INAH, México

Veamos los siguientes párrafos:

De noche cuando pongo mis sienes en la almohada, y hacia otro mundo quiero mi espíritu volver, camino mucho, mucho y al fin de la jornada las formas de mi madre se pierden en la nada, y tú de nuevo vuelves en mi alma a aparecer.

¡Que hermoso hubiera sido vivir bajo aquel techo. Los dos unidos siempre y amándonos los dos; tú siempre enamorada, yo siempre satisfecho, los dos, un alma sola, los dos, un solo pecho, y en medio de nosotros mi madre como un Dios!

¿Sería acaso que la bella Rosario, al conocer estas letras, cerrara los ojos y, pensando en el abrazo de la pasión, los abriera y viera sobre ella la imagen complaciente y serena de la madre de quien pudiera ser su amado?

Tal vez sedujo a Rosario el buen decir de Manuel María Flores, que en uno de sus poemas brindara el amor con las siguientes letras:

Como en la sacra soledad del templo, sin ver a Dios se siente su presencia, yo presentí en el mundo tu existencia y como a Dios, sin verte te adoré.

Ya lo se, mis estimados lectores de avanzada edad, como el que esto escribe, identificaron la letra de la canción “Amémonos” que Antonio Tormo, tomando el famoso poema, musicalizó en tiempo de vals, casi 80 años después que Flores lo escribiera.

¡Ay que tiempos aquellos señor Don Simón! Cuando había seguridad y las artes y la ciencia tenían cabida en este mi México que hoy se ve desangrado por una violencia que no para, donde el poder del Estado se ve doblegado y a veces dirigido por los criminales y en el que las autoridades desprecian las ciencias y la modernidad sin que alcancemos ver luz al final del túnel. ¿Cuál es el precio de esa seguridad?

Imagen principal:Quinta Gameros en la ciudad de Chihuahua. Crédito: Universidad Autónoma de Chihuahua.

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