Mi esposa y yo circulábamos por la carretera que lleva al cruce de Santa Teresa entre los estados de Chihuahua en México y Nuevo México en Estados Unidos. Lo que veíamos podría impactar a cualquiera, nos toco pasar junto a un convoy del ejercito compuesto por no menos de cinco vehículos con cerca de veinte soldados cada uno; en la caseta de peaje los policías y soldados armados con rifles de repetición y uniformes tácticos, causaban una sensación de desasosiego y, más adelante, en el entronque de la carretera que va hacia la población de Janos, se encontraba un puesto en medio con barreras de sacos de arena, un techo de lona y varios soldados, uno de ellos cuidando un arma de alto calibre.

Le comenté a mi esposa:

-Parece que estuviéramos en un país en guerra o circulando en la frontera entre palestina e Israel-

Ella asintió mientras el temor y la ansiedad se reflejaban en su rostro.

Esto fue hace ya alrededor de 12 años y la situación no ha cambiado mucho.

En 2006, cuando Felipe Calderón tomó protesta para dirigir los destinos de México, la policía no era confiable, en las encuestas las comunidades veían los cuerpos policiales con temor y desconfianza, la corrupción permeaba a las instituciones de seguridad pública y Calderón decidió que el arma para combatir a la criminalidad sería el ejército.

Lo que hizo Calderón desató a los demonios pues los carteles de la droga viven en un constante enfrentamiento entre ellos por territorio, control de autoridades y otros factores de poder; pero ahora, tenían que combatir en un nuevo frente, el que le oponía la autoridad a través del ejército y esto trajo consigo la necesidad de obtener más dinero, por lo que los que fueron narcos, ahora empezaron a invadir áreas del crimen común, como el robo de vehículos, secuestro, sicariato, extorsión, derechos de piso y más.

Así lo que se planteó como una solución para acabar con el crimen organizado, resultó en un empoderamiento de los carteles y un desasosiego en las comunidades; la sangre escurría en el papel de los periódicos y en el asfalto de las calles. El Estado Mexicano enfrentaba una guerra no declarada y el impacto moral y psicológico de la violencia, lo vivimos la sociedad todavía.

Las fuerzas armadas del país se conforman por tres instituciones: El Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea; a finales del sexenio de Calderón y frente a un gran desprestigio del ejército que había sido permeado por la corrupción derivada del crimen organizado y su gran potencial económico, Calderón decidió acudir a la Marina para continuar con esa absurda y eterna guerra.

Terminó el período de Calderón, pero ya las fuerzas armadas eran la constante en el combate a la criminalidad organizada en México y el presidente Peña prefirió cerrar los ojos ante el problema y dejó correr las cosas, inclusive eliminó la Secretaría de Seguridad Pública que había estado bajo el control de Genaro García Luna, quien hoy viste el uniforme de rayas en algún centro de detención en Estados Unidos.

La intervención del ejército en el combate al crimen ha sido funesta para el país y fuertemente criticada por los organismos internacionales y los conocedores de la materia; sin embargo, y contra sus promesas, el actual presidente ha llevado a cabo políticas que empoderan aún más a las fuerzas armadas, pero el crimen organizado sigue campeando a sus anchas en el país.

Creo que es la frustración de perder esa guerra lo que hizo que el Secretario de Marina José Rafael Ojeda Durán haya tenido el desatino de afirmar que el enemigo son los jueces, tal vez pretendiendo culpar a alguien de la ineficiencia de la institución que dirige para disminuir la actividad de los criminales.

Aunque no se puede negar que culpar a otros de la ineficiencia y los fracasos es un vicio arraigado en este gobierno y el Secretario de Marina se ha contaminado.

Creo que llegó el momento de aplicar el dicho “Zapatero a tus Zapatos” y crear en México cuerpos policiales capacitados y blindados contra la corrupción, pero es una labor a largo plazo que tardará más de seis años en rendir frutos y los políticos prefieren hacer lo que a su imagen conviene, desdeñando lo que la sociedad realmente necesita.

Seguramente López Obrador no es la excepción.

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