El hombre caminaba junto a un joven, por la ruta que llevaba a Turnu Severin, ambos cargaban canastas con vasija de cerámica que la familia había elaborado durante meses y pretendían venderlas en la ciudad, era tiempo de seca y el río Danubio, que corría junto a ellos, se encontraba bajo. Llegaron a un lugar en el que se podían ver un gran pilar en la orilla y otros más en el curso de la corriente, tenían una altura superior a los treinta metros. El joven preguntó – ¿Quién construyó eso, padre? – la respuesta dejó más dudas, – no lo sé, hijo, dicen que fue una raza de gigantes que vivió aquí hace mucho tiempo -.

Corría el año 1332 de nuestra era y, a miles de kilómetros de distancia, unas horas después; otro padre, con su hijo, caminaban portando mecapales con sendas cargas de piedras de obsidiana, que pretendían vender más allá de las montañas, en una ciudad que empezaba a dominar a sus vecinos y era conocida como Tenochtitlán; al pasar frente a un gran cúmulo de piedras talladas y que se podía observar, fue una pirámide; el hijo preguntó – ¿Quién habrá construido esa gran pirámide? -, el padre le contestó – No lo sé, hijo, dicen que fueron los quinametzin, una raza de gigantes que habitó estas tierras, en tiempos que han quedado en el olvido -.

Los pilares en el río Danubio, en realidad había sido construido por los romanos doce siglos antes, cuando el emperador Trajano conquistó el reino de Dacia y ordenó al arquitecto Apolodoro de Damasco realizar la obra, entonces considerada como imposible, de construir un puente sobre el río Danubio, para poder trasladar las tropas y llevar la cultura y el comercio romanos a aquella lejana región.

Los restos de la pirámide correspondían al lugar que, desde tiempo atrás, los habitantes de la región, habían bautizado como Teotihuacán, que en el idioma náhuatl significa “lugar donde los hombres se transforman en dioses”, marcaba el lugar de una civilización que había iniciado dos o tres mil años antes de nuestra era, con tribus que poblaron los cerros cercanos, las que al ir creciendo se fueron asentando en el valle, hasta formar una gran civilización.

La época de mayor florecimiento de Teotihuacán, se dio entre los siglos II a VII de nuestra era y su influencia llegó hasta lugares tan lejanos como Honduras hacia al sur y las tribus sedentarias del norte de México y el suroeste de los Estados Unidos; un territorio que abarcaba más de 2 500 000 kilómetros cuadrados y, lo más extraordinario es que, en la zona arqueológica, no se han descubierto señales de que fuese una civilización guerrera, como lo fue la romana; por el contrario, todo parece indicar que su expansión se debió al comercio, que fue llevando la cultura de la gran ciudad a los territorios más lejanos desde las selvas de Centroamérica, hasta los desiertos del norte del continente.

El fraile Bernardino de Sahagún, dejó constancia de la Leyenda mexica del quinto sol, la que refiere que fue en Teotihuacán donde los Dioses crearon la luz. De acuerdo a esta, el devenir de la humanidad se divide en etapas que son caracterizadas por los soles y que, al término del cuarto sol, el mundo quedó a oscuras, por lo que los dioses se reunieron en Teotihuacán, prendieron una enorme fogata e invitaron a dos de ellos: Tecuciztecatl, quien era ambicioso y egoísta y a Nanahuatzin, quien era sencillo y sin ambiciones.

Los dioses les ordenaron arrojarse al fuego, para así crear un nuevo sol y que hubiese luz, Tecuciztecatl fue el primero en acercarse a la hoguera, pero ante la vista de las llamas desistió de su empresa. Tocaba el turno a Nanahuatzin, quien no dudó en arrojarse para convertirse, instantáneamente, en un sol brillante en el cielo; Tecuciztecatl, envidioso, se arrojó también, convirtiéndose en otro sol. Pero los dioses vieron que dos soles eran mucha luz y calor y que los hombres no podrían vivir en la tierra, por lo que uno de ellos tomó un conejo y lo arrojó a Tecuciztecatl quien se apagó, quedando estampada en su faz la imagen del conejo.

Es así como esta leyenda explica la creación del sol y la luna y, por ese motivo los mexicas pensaban que las dos grandes pirámides que se encuentran en el lugar estaban dedicadas a dichos astros. Pero, los descubrimientos actuales parecen desmentir esa leyenda, según me lo explicó el guía y escultor Tomás Alberto Ortega Corona, quien nos hizo el favor de guiarnos en la visita que hace unas semanas realizamos al sitio arqueológico.

Se ha descubierto que los teotihuacanos, rendían culto al agua y que tenían dos dioses, uno que representaba el agua que cae del cielo y el otro al agua que se encuentra sobre y dentro de la tierra y al parecer las pirámides estaban dedicadas al culto de ambas divinidades.

Visitar Teotihuacán, es una grata experiencia, que nos lleva a reconsiderar nuestras raíces y admirar las civilizaciones precolombinas en la magnitud que se dieron, permitiéndonos hacer a un lado los prejuicios discriminatorios sobre los habitantes originarios de estas tierras, en un ejercicio de orgullo de pertenencia.

Crédito de la Imagen: Juan Espinoza. gettyimages

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