Por Oscar Müller

Arthur Terminiello, un sacerdote cuyos sentimientos racistas y antisemitas se encontraban profundamente arraigados, fue invitado a dar un discurso por la Asociación de Veteranos Cristianos de América en la ciudad de Chicago.

Corría el año 1949 y la sociedad norteamericana, aún se encontraba convulsionada por la 2ª Guerra Mundial y el desastre humanitario que las ideas del fascismo habían provocado, pero Terminiello era un firme convencido de esa forma de organización política y todo lo que ella implicaba, y su discurso versó sobre esto, llegando a decir que después de la caída de la Alemania Nazi, la única esperanza para el mundo sería la España Franquista y atacaba con desprecio y ofensas denigrantes a los judíos a quienes definía como la ruina de América, lanzando insultos también hacia al presidente Truman y otros políticos.

Mientras las cerca de ochocientas personas que habían acudido a escuchar al orador, lo ovacionaban dentro del recinto, fuera de él, más de mil protestaban contra las expresiones del predicador, causando un tumulto violento, que la policía de la ciudad no pudo contener.

La Ciudad de Chicago impuso una multa a Terminiello por haber violentado las ordenanzas del condado, que consideraban ilegales aquellas manifestaciones que pudieran violentar la paz o el orden públicos. El afectado no se dio por conforme y el caso llegó hasta la Suprema Corte de los Estados Unidos, en donde obtuvo una sentencia que le protegió contra la ordenanza chicaguense, basándose en la doctrina imperante sobre la Libertad de Expresión en el sentido que la vida de las instituciones se basa en la discusión pública y, que es el derecho a expresar libremente las ideas, lo que separa a ese país de los regímenes totalitarios.

Pero la decisión fue muy dividida, 4 votos contra 3 y de estos últimos destacó el del juez Robert H. Jackson, que enmarca la situación creada por el discurso de Terminiello en el contexto de enfrentamiento que en ese tiempo vivía el mundo entre fascistas y comunistas, contexto al que la sociedad norteamericana no era ajena y que se representaba por grupos radicales que no dudaban en externar su forma de pensar a través de la violencia y menciona que en ese caso no se trataba de optar entre la libertad y el orden, sino entre la libertad con orden y la anarquía y que, seguir sosteniendo la libertad de expresión en forma absoluta, sería tanto como crear en el derecho constitucional un pacto suicida, pues la constitución esta hecha precisamente para garantizar el orden.

Pero contraria a la teoría dominante en el país norteamericano, encontramos la forma de regular el discurso de odio en la Comunidad Europea, cuya máxima autoridad en esta materia es el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH); es aquí en donde la historia ha sido la guía para la regulación del tema, pues en un lapso de medio siglo Europa fue testigo del daño que ha marcado el discurso de la intolerancia, primero en la Alemania regida por el Partido Nacional Socialista y lo sucedido durante la 2ª Guerra con el Holocausto y el uso de la energía atómica como arma de destrucción masiva y luego por los países balcánicos, que luego de liberarse del yugo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), se enfrascaron en una guerra de extinción por motivos étnicos y religiosos.

Un caso significativo fue el de Daniel Feret, representante del Partido Frente Nacional en el Parlamento Belga; a este señor se le relacionó con panfletos y propaganda, en los que se promovía el odio y la discriminación hacia los inmigrantes, sobre todo musulmanes que eran la mayoría; los jueces le impusieron una sanción económica e inhabilitación para participar en política. El caso fue decidido, en última instancia, por el TEDH que resaltó la importancia de la libertad de expresión en el discurso político, por implicar la manifestación del pensamiento social y el alcance que tiene por la difusión propia de este, pero razonó que por esas cualidades, este discurso implica mayor responsabilidad para quien ejerce la libertad de expresión en ese ámbito, sobre todo cuando la palabra incita al odio y la discriminación, por lo que, también en una votación dividida, el tribunal de Europa resolvió que la libertad de expresión si tiene limites, sobre todo cuando se ejerce con la intención de causar daño.

Ya se ha de imaginar mi estimado lector que estas reflexiones nacen sobre el uso que el presidente norteamericano ha hecho de la libertad de expresión y el discurso que provoca discriminación y daño a las minorías en ese país y que cobra especial significado en el contexto de los enfrentamientos sucedidos hace unos días en las manifestaciones de los supremacistas blancos y el enfrentamiento con los antifas en la ciudad de Portland, que se volcaron en la violencia y estuvo a punto de volverse otro Charlottesville.

El mensaje del presidente norteamericano en redes sociales fue de considerar a los antifas como un movimiento terrorista, lo que adquiere una gran relevancia, pues expresa la opinión del líder de ese país.

¡ Como se ve que Estados Unidos no ha aprendido de su propia historia que contempla una guerra fratricida en la que millones de norteamericanos murieron en una lucha de odio y discriminación!

Pueden leer las columnas del autor en www.oscarmullercreel.com

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